Quejarse ante un problema, una injusticia o una situación frustrante forma parte de la vida cotidiana. El inconveniente aparece cuando el reclamo deja de ser algo puntual y se convierte en la respuesta automática frente a casi cualquier circunstancia. Según la psicología, detrás de esa conducta pueden existir distintos factores vinculados con la forma de gestionar las emociones.
Frases como “todo me sale mal”, “siempre me pasa lo mismo” o “nadie me entiende” pueden aparecer después de una jornada complicada. El problema surge cuando ese tipo de pensamiento se repite una y otra vez y ocupa buena parte de las conversaciones y de la vida mental de una persona.
Una conducta cotidiana que puede tener más detrás de lo que parece.
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Por qué algunas personas no pueden parar de quejarse
Uno de los conceptos que aparece asociado a este comportamiento es la rumiación cognitiva. Se trata de la tendencia a darle vueltas de manera reiterada a pensamientos negativos, especialmente a situaciones que provocaron enojo, tristeza o frustración. En lugar de avanzar hacia una solución, la mente vuelve una y otra vez sobre aquello que salió mal.
También puede aparecer una tendencia a la victimización, mediante la cual los problemas son interpretados principalmente como consecuencia de factores externos. “La culpa es de los demás”, “yo no puedo hacer nada” o “siempre me toca lo peor” son formas de pensamiento que pueden reducir la sensación de control sobre la propia vida.
Otro factor posible es la baja tolerancia a la frustración. Algunas personas reaccionan con mucha intensidad ante contratiempos relativamente pequeños porque tienen mayores dificultades para aceptar que las cosas no siempre salen como esperan. En ese contexto, la queja funciona como una respuesta inmediata frente a la incomodidad.
Además, la negatividad sostenida puede afectar los vínculos. Las personas que rodean a alguien que se queja de manera permanente pueden terminar experimentando agotamiento emocional, especialmente cuando sienten que cualquier intento de ofrecer una solución es rechazado y la conversación vuelve al mismo punto.
Las palabras también pueden revelar cómo atravesamos ciertas situaciones.
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Qué hacer para mejorar este hábito, según los expertos
El primer paso consiste en detectar el momento de inicio. Antes de expresar una nueva queja, puede ser útil preguntarse qué ocurrió, qué emoción apareció y si existe algo concreto que se pueda hacer al respecto. Esa pausa permite separar el hecho de la interpretación que se construye alrededor.
Otra estrategia consiste en transformar la protesta en una propuesta. En lugar de quedarse en “esto es un desastre”, la pregunta puede ser: “¿Qué puedo cambiar de esta situación?”. No siempre habrá una solución inmediata, pero identificar un margen de acción ayuda a recuperar cierta sensación de control.
También resulta útil prestar atención a la frecuencia. Registrar durante algunos días qué situaciones disparan las quejas puede revelar patrones que pasan inadvertidos: cansancio, determinadas personas, presión laboral, problemas familiares o incluso momentos del día en los que existe mayor irritabilidad.
La práctica de atención plena y algunas técnicas de reestructuración cognitiva también forman parte de las herramientas utilizadas para trabajar pensamientos negativos repetitivos. La intención no es obligarse a pensar en positivo todo el tiempo, sino aprender a reconocer pensamientos automáticos y revisar si reflejan de manera justa lo que está sucediendo.
Otra alternativa es incorporar deliberadamente la búsqueda de aspectos neutros o favorables de una situación. Esto no implica negar los problemas ni fingir que todo está bien. Se trata de evitar que la atención quede concentrada exclusivamente en aquello que salió mal.