Hay quienes esperan los meses más frescos del año con entusiasmo y quienes empiezan a contar los días para que vuelvan las temperaturas agradables. Esa diferencia no siempre responde únicamente a una cuestión de gustos: la ciencia y la psicología estudian cómo el entorno puede influir en el estado de ánimo, los hábitos y la manera en que cada individuo se relaciona con su ambiente.
Qué significa que te guste el frio, según la psicología
La estación más fría puede generar bienestar, calma y sensación de refugio, aunque las razones detrás de esa afinidad varían según cada persona.
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Las bajas temperaturas generan sensaciones diferentes y pueden modificar la forma en que cada persona atraviesa sus actividades cotidianas.
Para algunas personas, los días fríos están asociados con tranquilidad, ropa abrigada, menos actividad al aire libre y momentos puertas adentro. Para otras, esas mismas características pueden resultar incómodas. No existe una explicación única que permita definir la personalidad de alguien solo por la estación que prefiere, pero sí hay algunos factores psicológicos y cotidianos que ayudan a entender estas diferencias.
Por qué algunas personas son fanáticas del frio y el invierno
Desde la psicología, la preferencia por las temperaturas bajas puede vincularse con determinados rasgos y necesidades, aunque esto no significa que todas las personas que disfrutan del invierno compartan la misma personalidad. Según los especialistas, quienes se sienten especialmente cómodos con el frío pueden valorar los espacios de calma y recogimiento, sin que eso implique necesariamente que sean tímidos o poco sociables.
Los ambientes invernales suelen tener menos estímulos para algunas personas. El frío puede favorecer planes tranquilos en casa, jornadas con menos movimiento y una sensación de pausa que resulta agradable para quienes disfrutan de la introspección. Leer, mirar una película, cocinar o simplemente quedarse bajo una manta pueden convertirse en actividades especialmente placenteras cuando afuera hace frío.
Otro aspecto está relacionado con la regulación emocional. Algunas personas experimentan el calor como una fuente de irritabilidad, cansancio o incomodidad, mientras que las temperaturas bajas les permiten sentirse más contenidas. En ese sentido, el invierno puede ser percibido como un entorno más previsible y controlable.
También existe una dimensión física. Hay individuos que duermen mejor cuando no hace calor, tienen mayor comodidad para realizar determinadas tareas o sienten menos molestias corporales con temperaturas moderadas o bajas. Cuando una determinada estación mejora la experiencia cotidiana, esa sensación puede terminar reforzando la preferencia por ella.
El vínculo con la infancia es otro elemento posible. Los recuerdos asociados a una época del año pueden influir en la manera en que se percibe posteriormente. Una persona que recuerda los inviernos como momentos de reuniones familiares, vacaciones, juegos o tardes compartidas puede conservar una conexión emocional positiva con el frío.
Qué pasa con aquellos que odian el verano
La otra cara aparece en quienes esperan el final de las altas temperaturas y sienten que el verano es una época difícil de atravesar. En estos casos, el rechazo puede estar relacionado con cuestiones mucho más amplias que el calor. La ruptura de las rutinas, la exposición constante, los cambios de horarios y la presión social pueden convertirse en factores de malestar.
Durante los meses cálidos existe, además, una expectativa social bastante marcada: vacaciones, viajes, reuniones, salidas, playa, fiestas y una agenda llena de actividades. Para algunas personas, ese escenario resulta disfrutable; para otras, puede transformarse en una fuente de presión y comparación.
Las redes sociales pueden reforzar esa sensación. Las publicaciones suelen mostrar viajes, encuentros y momentos de ocio, lo que puede instalar la idea de que todos están disfrutando mientras uno permanece al margen. La falta de estructura también puede jugar en contra. Para quienes se sienten cómodos con horarios previsibles, las vacaciones y los cambios de rutina pueden generar desorden, estrés o cierta sensación de pérdida de control.
Otro factor es la sobrecarga de estímulos. Más horas de luz, ruido, actividad social y movimiento pueden resultar agotadores para determinadas personas. A eso se suma el malestar físico provocado por las altas temperaturas, que puede afectar el descanso nocturno, generar cansancio y aumentar la irritabilidad.
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