Luego de presentarse en festivales europeos, se estrena el sábado “Los años”, de Mariano Pensotti y el Grupo Marea, en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Es una coproducción de varias entidades culturales alemanas, aquí con el apoyo del Gooethe Institut. Integran el elenco Mara Bestelli, Marcelo Subiotto, Bárbara Massó, Paco Gorriz y Juilán Keck; la música de Diego Vainer, y la escenografía vestuario de Mariana Tirante, quien concibió el espacio doble donde se puede ver la vida del mismo personaje en dos momentos de su vida, a los 30 y a los 60, pero en simultáneo. Dialogamos con Pensotti.
“Los años”: cuando el presente y el futuro coinciden en escena
Diálogo con Mariano Pensotti, que estrena en el Teatro San Martín esta original puesta.
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Los años. Una visión de la puesta según se vio en escenarios europeos. Los planos superiores corresponden al personaje en sus 30 años, y los inferiores a los 60. Son interpretados por dos actores diferentes.
Periodista: ¿Qué vino primero, ¿la idea o el dispositivo?
Mariano Pensotti: Primero la idea y la historia, yo quería contar al mismo personaje en dos momentos de su vida. Charlando con Mariana antes de que estuviera escrito el texto, surgió el espacio doble y esa se convirtió en una de las particularidades de la obra, con dos actores que hacen el mismo personaje en dos etapas de su vida. Otro de los rasgos es que cuando tiene 30 años es 2020, el presente, y el otro en 2050.
P.: ¿Cuáles son los temas de la obra?
M.P.: Uno de los ejes es la idea del futuro pero no como ciencia ficción sino qué vamos a recordar del 2020 en 30 años, cómo va a ser narrado ese presente en el futuro, qué cosas van a permanecer y cuáles serán olvidadas. El paso del tiempo en tanto transformación a lo largo de la vida, y que uno es muchos, uno se transforma en distintas versiones de uno mismo y conforme pasan los años vamos inventando nuestro pasado, lo cambiamos cada vez que lo narramos. En otras obras busqué los rastros del pasado en el presente, entonces había alusiones a los años 70 y 80, en cambio aquí trato de imaginarme como será el futuro de una forma ambigua.
P.: ¿Qué más puede decir de la incidencia de la escenografía en la historia?
M.P.: Tanto la planta alta como la baja de las casitas son parte del mismo espacio, lo que hay abajo es un living y cocina y arriba hay una habitación. Hay diferentes momentos de los personajes, arriba más íntimos y abajo más grupales. En la parte de arriba hay un tul que se vuelve pantalla de proyección en vivo y tiene que ver con la historia de este personaje cuando aspiraba a ser arquitecto. En ese presente él se ocupa de un documental por encargo sobre los edificios de Buenos Aires que son una copia de los edificios europeos. Entonces en uno de esos edificios abandonados encuentra a un chico que está viviendo solo y se obsesiona con él. Intenta ayudarlo, empieza a seguirlo, y lo filma. A los 60 años regresa a la Argentina a reencontrarse con su hija con quien tiene una relación distante pero también para saber qué fue de la vida de este chico que él retrató 30 años atrás. Lo que sucede en estas pantallas es que en el 2020 vemos las cosas que este personaje va filmando y en el 2050 ve ese material que filmó.
P.: Lo que creíamos que seríamos y lo que terminamos siendo. ¿Qué reflexión hace la obra al respecto?
M.P.: No es lo mismo la imagen que uno tiene de sí mismo a los 30 que a los 60. Hay fantasía de joven y otra realidad de grande. La obra lo asocia a ciertas utopías y la sociedad que finalmente se construye a partir de las utopías, que suelen ser más fallidas que las ideas que le dieron origen. Los edificios de Buenos Aires que copian a los europeos pueden pensarse como utopía de la clase argentina de principios del siglo XX, utopía que salió mal. Otro de los ejes es Lugano, que también tiene algo de utopía de los 60 y 70 de construir barrios dignos para la clase trabajadora y que terminaron atravesados por las crisis políticas y económicas de los últimos 50 años.
P.: ¿En qué sentido la obra indaga en cómo una obra de arte puede intervenir la vida de las personas?
M.P.: Hay algo de la potencialidad transformadora que a la vez genera otras ficciones porque todos los que vemos algo lo recordamos de manera distinta. Cada vez que lo narramos lo inventamos un poco, de la misma manera que lo hacemos con nuestro pasado. Me interesaba algo en relación a la responsabilidad, la obra tiene que ver con la relación entre padres e hijos, con la responsabilidad de ese crecimiento y con la historia de este protagonista que por azar se convierte en documentalista y se ocupa de retratar a este chico que vive en la marginalidad. Más allá de lo artístico se reflexiona sobre qué estamos construyendo de cara al futuro. También está la idea de que la observación cambia al observado pero también al observador, todos se transforman.
P.: ¿Qué implica estrenar en el San Martín luego de haber lanzado la obra en Europa?
M.P.: Estrenar en el San Martín es el sueño del pibe, porque más allá de que la obra por cuestiones azarosas se haya estrenado primero en Europa, siempre fue pensada para Buenos Aires. Es una obra porteña porque imagina un futuro para Buenos Aires; siempre me sorprende que nuestros trabajos viajen porque los sigo viendo muy pensados para el público argentino. Es la primera vez que hacemos una obra en el San Martín, hicimos en la Sarmiento del Complejo pero no acá, entonces estrenar acá tiene un sabor especial. Hacer una obra que tiene que ver con los rastros de la historia en una sala tan cargada de historia como la Coronado le da otra capa de sentido porque permite que la obra dialogue no sólo con lo que es sino con todos los recuerdos que la gente fue viendo a lo largo del tiempo en esa sala.
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