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28 de febrero 2007 - 00:00

Al final, todo siguió igual

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Kabul - La leyenda de que ningún invasor extranjero había conquistado Afganistán desde los tiempos de Alejandro Magno se vino abajo con la fulgurante Operación Libertad Duradera. ¿O no tanto? La prometida democratización no llegó a un país en el que las elecciones de 2004 y 2005 se celebraron salpicadas por rumores de fraude, y la violencia está presente en la mayor parte del país.

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Los talibanes se rearman y la producción de opio y heroína alcanza niveles desproporcionados. Estados Unidos se vanaglorió de quitar los burkas a las afganas, pero ahora la comunidad internacional está atascada en el corazón de Asia.

Las mujeres despojándose de las prendas impuestas por los integristas y los hombres afeitándose sus barbas fueron una operación de imagen, ya que en la práctica el fundamentalismo sigue vigente en Afganistán con los nuevos grupos que ocupan el poder, como la Alianza del Norte, bajo la bendición de Washington.

  • Pocos cambios

  • Organizaciones de defensade las libertades, como Rawa (Revolutionary Association of the Women of Afghanistan), denuncian que no hay mucha diferencia entre la actual situación y la de la época talibán.

    Además, estos últimos se reagruparon en las montañas del sur del país y, en algunas zonas fronterizas, llegan a controlar la administración, representando una amenaza para el debilitado poder central.

    A esto hay que sumar los continuos enfrentamientos de las guerrillas y la desesperada situación de los más de dos millones y medio de refugiados que regresaron al país desde que, en diciembre de 2001, cayó el régimen talibán. Otros 2,7 millones de afganos aún no pudieron hacerlo.

    La historia dice que ni británicos ni soviéticos habían conseguido doblegar a un pueblo indómito, en un territorio muy favorable para la lucha de guerrillas. Los primeros nunca llegaron a controlar del todo a un país que consiguió su independencia en 1919.

    Los segundos encontraron su propio Vietnam en una guerra que duró de 1979 a 1989. Los muyaidin afganos, armados y entrenados por EE.UU., metieron en un callejón sin salida al poderoso ejército ruso. Pero ni después de la retirada de los tanques de Moscú un país empobrecido conoció la paz, sumido en un caos en el que multitud de facciones luchaban por hacerse con el control del Estado.

    En setiembre de 1996, uno de esos grupos tomó Kabul. Eran los estudiantes del Islam o talibán, que no tardaron en imponer su extremista concepto de la religión musulmana: prohibición del derecho al trabajo y a la educación para las mujeres, amputación de manos para delitos como el robo o castigo de apedreamiento para los casos de adulterio, entre otras violaciones de los derechos humanos, a las que asistía impotente la comunidad internacional.

    Los atentados del 11 de setiembre cambiarían el destino de Afganistán. Los estadounidenses pidieron a los talibanes la cabeza de Osama Bin Laden, y como éstos se negaron a concedérsela, entraron a buscarla el 7 de octubre de 2001 con su Operación Libertad Duradera.

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