Berlín (EFE) - La matanza del viernes pasado en el instituto de Erfurt, con 17 víctimas, ha reabierto el debate sobre la necesidad de reforzar el control de armas y videojuegos, así como la seguridad en las escuelas, ante la evidencia de que lo único que evitó una tragedia aún mayor fue el coraje de un maestro que plantó cara al asaltante.
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La figura de Rainer Heise, el profesor de Historia y Arte que, tras mirar a los ojos a su antiguo alumno Robert Steinhaeuser, consiguió encerrarlo en una habitación, es quizá lo único positivo de un baño de sangre que ha hundido a Alemania en el estupor. «El héroe de Erfurt», tituló en su última edición el «Bild am Sonntag», con una imagen de Heise, en contraste con otra foto de Robert, mirando a la cámara detrás dos botellas de cerveza vacías, mientras se rasca con un cubierto la cabeza rapada casi a cero.
El profesor fue el último que vio con vida a Robert, que recorrió en cuestión de minutos las cuatro plantas del centenario instituto Gütenberg y mató en cada una de ellas a los docentes que encontró a su paso o en el interior de las aulas -la mayoría, de un tiro en la cabeza-, así como a dos estudiantes y un policía.
Ese joven de 19 años, obsesionado por las armas, la música «heavy» pseudonazi y los videojuegos violentos, llevaba el rostro tapado con un máscara e iba vestido de negro «a lo guerrero ninja», explica el maestro.
• Serenidad
Heise salió de una clase al oír el estrépito exterior, se topó con Robert, quien se levantó la máscara, y tras reconocerlo y llamarlo por su nombre de pila le dijo: «Dispárame, si quieres, pero mírame a los ojos». Al parecer, la serenidad del maestro fue lo que detuvo el baño de sangre, ya que Robert respondió con un «No, señor Heise, por hoy ya está bien», entró en una sala -que el maestro cerró con llave desde el exterior- y se suicidó.
El relato del profesor, reproducido profusamente por la prensa y las televisiones alemanas, es el contrapunto positivo al drama del Gütenberg, pero también un exponente de la indefensión de docentes y alumnado ante la creciente violencia en las aulas.
Fue el comportamiento de un maestro -y no la policía- lo que detuvo al asesino, que según todos los indicios quería vengarse de su exclusión de los exámenes que tenían lugar ese día en la escuela.
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