Aznar disfruta de la guerra que gana

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Escribe Sebastián Lacunza

George W. Bush afronta en su país una persistente baja en su popularidad que divide en mitades a la población a la hora de valorar su gestión, según encuestas difundidas ayer. A Tony Blair no sólo le cuesta dominar a su propio partido, sino que, además, hasta podría afrontar problemas judiciales en Gran Bretaña por el caso Kelly. En cambio, José María Aznar, el otro integrante del terceto que declaró la guerra al régimen de Saddam Hussein en la reunión de las islas Azores en marzo pasado, lejos de padecer las consecuencias de las aparentes mentiras para justificar la invasión, reposa en la isla de Menorca o en un pequeño pueblo de Castilla, sin nubes en el horizonte, lo que da cuenta de la singularidad de su victoria.


Aznar juega en el mediterráneo con los nervios de los dirigentes de su partido, que mueren por saber quién será el elegido del mandatario para entregarle el poder el año que viene. La solidez del liderazgo de Aznar, transformado en el gran elector español, tiene como contracara una patética debilidad de sus adversarios del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), por lo que quedan pocas dudas sobre qué partido va a ganar las elecciones de marzo próximo.

En febrero y marzo pasados, España vivió una convulsión inédita por la guerra de Irak. Manifestaciones de millones de personas, escraches y encuestas muy adversas para el PP ilusionaban a los opositores de Aznar.

Aznar sobreactuó su incondicionalidad con Bush e hizo lo que más sabe: esperar el momento indicado. Con la virtud del tiempista, que no es la del inoperante, como se sabe,
el presidente español dejó que bajen las aguas que evidenciaron la incapacidad de los socialistas para transformar la ira anti-Bush-Aznar en votos propios. También logró que no se conformara ninguna comisión investigadora en el Congreso (en el que cuenta con mayoría absoluta), como las que sí se crearon en Estados Unidos y Gran Bretaña para evaluar las «pruebas» de las armas de destrucción masiva.

• Números

Pero la espera y los silencios de Aznar, quien era despreciado por los felipistas cuando a fines de los '80 asomó como candidato del PP, dieron sus frutos en las elecciones municipales del 25 de mayo pasado, cuando el PP empató con el PSOE en unas elecciones que nunca fueron fáciles para el actual oficialismo. Al gobierno de Aznar lo acompañan los números. España crecerá este año 2 por ciento, en medio de una Europa al menos estancada o directamente en recesión (Italia, Alemania e incipientemente Francia), y, según PriceWaterhouse, será el país del bloque que más crecerá en 2004 (2,7%), todo en un completo equilibrio fiscal. Felipe González había dejado niveles de desempleo cercanos a 17% hace siete años, y actualmente ese indicador se ubica en 11%. Se sabe que, aunque los españoles afrontan problemas serios como el casi imposible costo de la vivienda, la mala calidad de algunos servicios y una más que extendida precarización laboral, nunca como ahora los ibéricos se sintieron tan europeos.

La situación económica pinta un buen panorama para los populares, y los socialistas se encargaron del resto. El PSOE, encabezado por el secretario general y candidato presidencial
José Luis Rodríguez Zapatero, alberga en su seno una federación de caciques regionales con poder equivalente, que presentan un abanico de discursos contradictorios. A este escenario se suman dos episodios de corrupción en la Comunidad de Madrid y en el ayuntamiento de Marbella, en donde quedan pocas dudas de que representantes socialistas fueron coimeados para cambiar sus votos a la hora de formar los respectivos gobiernos.

El Partido Popular peca de todo lo contrario en cuanto a disidencias internas. Padece de exceso de homogeneidad. Hay al menos cuatro candidatos a la sucesión, pero todos niegan ese extremo, se prodigan elogios mutuos y alaban a José María Aznar.
Se cree que el ministro de Economía, Rodrigo Rato; el vicepresidente, Mariano Rajoy; el jefe del PP en el País Vasco, Jaime Mayor Oreja; y el jefe de Gobierno de Valencia, Eduardo Zaplana, cuentan con chances relativamente similares de ser los bendecidos por Aznar. Pero el preferido según todas las encuestas y quien asegura arrasar en las elecciones de 2004 no está en carrera. Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, el más «izquierdista» de los presidenciables del PP, es el único que no exagera su lealtad con Aznar. Sobre él habría sentenciado Aznar en 1996: «Puedo perdonarlo todo menos la deslealtad», por una disidencia menor en el inicio de su mandato. Ruiz Gallardón fue el único dirigente que avaló en los hechos la posibilidad de que las coimas del Parlamento de Madrid por parte de empresas constructoras hayan estado originadas en el propio Partido Popular. Aseguran que el alcalde de Madrid no va a ser el candidato que Aznar designará a fin de mes.

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