En febrero y marzo pasados, España vivió una convulsión inédita por la guerra de Irak. Manifestaciones de millones de personas, escraches y encuestas muy adversas para el PP ilusionaban a los opositores de Aznar.
Aznar sobreactuó su incondicionalidad con Bush e hizo lo que más sabe: esperar el momento indicado. Con la virtud del tiempista, que no es la del inoperante, como se sabe,
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