Los soldados británicos también se abocaron a su intento de ganarse la simpatía de los iraquíes, entregando comida y agua a la población. Por la tarde, los soldados repartieron los fajos de billetes encontrados en el auto de un oficial del régimen iraquí entre los incrédulos jóvenes que se encontraban presentes en el lugar, como si fueran caramelos.
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