Asume Biden y abre nueva chance para la agenda argentina

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La prioridad es lograr apoyo en la negociación con el FMI; las condiciones. Hostilidad con Bolsonaro y chance de un espacio más confortable para el país. ¿Un nuevo enfoque sobre Venezuela y Cuba?

“Se hicieron contactos con el equipo de (Joe) Biden, pero hasta ahora fueron limitados porque, por lo menos formalmente, eso no es posible según la ley de Estados Unidos hasta la asunción. Sin embargo, tenemos buenas expectativas”. Así se refirió, en diálogo con Ámbito, una fuente del Gobierno de Alberto Fernández a lo que, se espera, le puede tocar a la Argentina tras la salida de Donald Trump del poder. “Tuvimos señales alentadoras, aunque por ahora son sólo eso, señales”, añadió con cautela. Así las cosas, ¿cuáles serán los temas de interés mutuo en la nueva etapa? ¿Qué se puede aguardar de los funcionarios designados al frente de la diplomacia estadounidense? ¿El regreso a una política exterior más tradicional puede ser, habida cuenta de la historia conocida, una buena noticia?

El Gobierno en general y la Cancillería en particular siguen con interés la promesa del nuevo presidente de devolver a Estados Unidos a los foros multilaterales que, en los últimos cuatro años, el republicano ignoró, vació de contenido o directamente abandonó. Asimismo, la disposición declarada de retomar contactos estrechos con los aliados tradicionales, algo que en la región podría ampliar el margen de acción de la Argentina toda vez que el Brasil de Jair Bolsonaro le plantea a la Casa Blanca demócrata una hostilidad a la vez ideológica y programática, sobre todo en función de la rehabilitación en el norte de las políticas contra el calentamiento global.

Los años del trumpismo le plantearon a la Argentina, tanto con Mauricio Macri como ahora, una relación fatigosa. Cada concesión, ya fuera comercial, financiera o política, debía ser intercambiada duramente a través de un implacable quid pro quo.

La negociación, el multilateralismo y el amparo de la ley y las instituciones internacionales, por desigual que se al reparto del poder dentro de ellas, juegan a favor de los países más débiles. Así, el regreso al multilateralismo supone una buena nueva. Sin embargo, Biden no promete nada que vaya más allá de lo conocido y suponer que Estados Unidos dejará de comportarse como la hiperpotencia que es implicaría, más que exagerar las oportunidades, leer mal la realidad.

Sin embargo, la posibilidad de un tiempo más blando en la relaciones hemisféricas está sobre la mesa, algo que se ratifica por el perfil de los hombres y mujeres designados por Biden para llevarlas adelante: diplomáticos de carrera, moderados y pragmáticos, convencidos del multilateralismo y formados en la cultura política de la administración de Barack Obama.

Para empezar, el secretario de Estado, Antony Blinken, fue consejero adjunto de Seguridad Nacional y luego subsecretario de Estado en el último Gobierno demócrata, del que Biden fue un vicepresidente con potestades considerables en política exterior. Su vocación es recuperar alianzas ninguneadas por Trump en la Unión Europea y en la OTAN para hacer frente a desafíos severos como el plan nuclear de Irán, las demasías de Corea del Norte, el laberinto de Medio Oriente, las acechanzas del terrorismo y la competencia de China.

Debajo de él, como cabeza formal del vínculo con la región, hay que mencionar a Wendy Sherman, subsecretaria de Estado para Asuntos Hemisféricos. También obamista, fue la negociadora jefa del acuerdo firmado en 2015 entre el Grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania) con la República Islámica para, al menos, ralentizar y limitar el programa atómico persa. Como se recuerda, Trump pateó la mesa a pedido de Benjamín Netanyahu y dio por tierra con el mismo.

La mujer, que entre 2011 y 2015 fue subsecretaria de Asuntos Políticos del Departamento de Estado, asciende en la nueva administración, con lo que regresa a la función pública, puerta giratoria mediante, desde sus cargos de profesora de la Universidad de Harvard y en la empresa de lobby de la excanciller demócrata Madeleine Albright.

El nombramiento de Sherman guarda un secreto: el retorno del centro de gravedad de la política estadounidense para la región a la cancillería, en detrimento del Consejo de Seguridad Nacional empoderado en los años de Trump, el cual, como su nombre lo indica, observa el mundo en términos bastante más duros y hasta militares.

En su larga vida pública, Biden, de 78 años, ha tenido una fuerte vinculación con los asuntos internacionales. Miembro y luego titular de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado desde 1997 y, como se dijo, vice de Obama con facultades en la materia, el nuevo mandatario realizó numerosos viajes a la región, dieciséis de ellos como número dos del Poder Ejecutivo. América Central y el problema migratorio, sobre el que tiene un enfoque más dado a la cooperación y a la contención in situ de los sectores que buscan partir hacia el norte debido a la pobreza y la violencia, han sido sus principales áreas de interés.

Esa agenda, sin embargo, no hace a la relación con la Argentina, para la que lo prioritario pasará, al menos hasta marzo o abril, por la búsqueda de un acuerdo con el FMI que permita renegociar a largo plazo –y con las menores condicionalidades posibles– los 44.000 millones de dólares tomados por el Gobierno de Mauricio Macri. En el país se espera buena voluntad de quien tendrá la llave del Directorio, pero no se ignora que este reclamará, a través del organismo, un programa de mediano plazo que asegure la estabilización de la economía. Esto último puede no ser del todo fácil de congeniar en un año electoral como 2021.

Venezuela es otro punto de contacto. La apuesta a las sanciones radicales, el aliento a la rebelión militar y el apoyo irrestricto a un Juan Guaidó que nunca logró lo que prometió parecen ser cosa del pasado, más por el fracaso de la estrategia que por buena voluntad. Con Biden, Blinken y Sherman, Alberto Fernández podría encontrar una veta para, junto al Grupo Internacional de Contacto (GIC), intentar una salida negociada que incluya elecciones verificablemente libres. Nicolás Maduro y los halcones del chavismo, cabe señalar, no han dado hasta ahora demasiadas muestras de apertura.

Cuba, por último, podría beneficiarse de una retomada del deshielo del último tramo de Barack Obama. Argentina no tiene mucho que hacer en ese sentido; sería suficiente con celebrar el eventual relajamiento de las sanciones y el embargo abusivo.

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