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18 de octubre 2006 - 00:00

Bolivia: ¿lucha libre con trasfondo racial?

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Imágenes de la descontrolada lucha libre femenina en El Alto, Bolivia. Allí, las ganadoras siempre son indígenas, mientras que las luchadoras «occidentalizadas» se llevan la peor parte, según las fotos de Christian Lombardi publicadas en «El Mundo», de España.
El Alto - La música rock suena a todo volumen. Es tan fuerte, que apaga los gritos y pataleos del público. Ana la Vengadora se ríe y canta. Cuanto más la odien, mejor. Una mujer le da un refresco. Vengadora se lo tira a la cara. Alguien la insulta. Ella insulta el triple a todos los espectadores y recibe una lluvia de botellas de plástico, huesos de pollo y cáscaras de naranja. La gastada colchoneta del ring, una funda rellena de trapos y lana de cuatro centímetros de espesor, se llena de desperdicios que el árbitro aparta.

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En una esquina, Carmen Rosa espera furiosa, con sus galas de chola (india aimara mestiza): chal, manoletinas, pollera y bombín de fieltro sobre dos largas trenzas. El atuendo que miles de mujeres bolivianas lucen desde el siglo XVII. No puede permitir que Vengadora y sus mallas de lycra al estilo gringo humillen lo que ella significa: el orgullo indígena, la mujer campesina que no ha cambiado sus costumbres por emigrar a la ciudad.

El ring más elevado del planeta -en el frío Hangar Multifuncional de la ciudad obrera de El Alto, a 4.100 metros de altitud- reúne los domingos a cientos de espectadores deseosos de ver sangre por sólo un euro. Sin reglas. Vale todo. Vengadora araña y muerde a Carmen Rosa, la arrastra de las trenzas, le da en la cabeza con un palo, la lanza fuera del cuadrilátero, levanta de su asiento a un espectador y machaca a sillazos a la cholita. El asunto se resuelve en una esquina sin público, porque los asistentes han huido despavoridos. Contra todo pronóstico, Carmen Rosa, 36 años y vendedora de artesanías, resurge, apalea a Vengadora y se proclama Campeona de los Titanes del Ring. Sus angustiados niños pequeños, presentes en el combate, respiran al ver a su madre levantar, por fin, el cinturón rojo que la convierte en la más dura.

Vengadora, 32 años y cantante de rancheras, rumia su amargura en el camarín, mientras calma las heridas con pasta de hojas de coca macerada en alcohol y un ungüento de cola de lagarto. Lleva peleando desde los 15 años, es la pionera. Asegura que la final está amañada porque «nadie en El Alto hubiera aceptado que una indígena de pollera quedara en ridículo ante otra compañera occidentalizada».

Por su lado, Carmen Rosa convierte su victoria en un símbolo: «Hay que llevar muy alto el nombre de los indígenas aimaras, porque siempre nos han denigrado y humillado. Yo no me avergüenzo de serlo ni de hablar mi lengua».

  • Luchadoras

    Votantes de Evo. El Alto, ciudad dormitorio vecina a La Paz, se formó con la emigración campesina y minera del altiplano andino. Casi toda su población (800.273 habitantes) habla aimara o lo tiene como idioma materno. El 60% de los habitantes carece de servicios básicos y 15% es analfabeto. No hay alumbrado público en 80% de las calles. Fue uno de los graneros electorales del presidente indígena Evo Morales: más de 81% de la población votó por él en las elecciones del pasado diciembre, después de que las juntas vecinales lanzaran las marchas que bloquearon la capital y el aeropuerto internacional, claros mensajes de finiquito a los anteriores presidentes, Sánchez de Lozada (2002-2003) y Carlos Mesa (2004-2005).

    Tienen fama de broncos; quizá por eso, éste es el único lugar de Bolivia donde la lucha libre (surgida en los años 50) se ha mantenido como espectáculo fijo. El personaje de la chola peleona, introducido hace tres años para salvar el negocio, lo ha logrado.

    Cuentan las luchadoras que le han pedido al presidente apoyo en la promoción internacional de su particular show, pero Evo no muestra el mínimo interés por acudir. «En el ring, lo que vence es la rabia», confiesa Julia la Paceña, 29 años, ama de casa, luchadora cholita de pollera. «Con la desesperación por ganar y contentar al público, todo vale. Usamos latas para cortarnos, tablas, cajas para apalearnos. El árbitro suele estar de parte de las rudas ( malas) y no de las técnicas (buenas). A veces, nos pega hasta él y no hay un compañero masculino que se meta a defendernos. No deberían darnos golpes bajos ni maltratarnos los senos, pero se hace.»

    Salario. El organizador, que paga a las luchadoras entre 30 y 50 dólares por pelea, según se llene o no el aforo, no garantiza la asistencia hospitalaria y menos aún les proporciona un seguro de vida. «No medimos fuerzas y las caídas son muy duras. Yo rezo a Dios y dejo mi vida en sus manos», dice Esmeralda, 27 años, trabajadora en una fábrica de pulóveres, luchadora occidentalizada, pero aliada de las cholas cuando surge la ocasión.

    Estuvo a punto de quedarse paralítica después de que Carmen Rosa la lanzara desde el ring contra una tabla de madera. La sacaron inconsciente. Cuando el empresario dijo: «No queda más dinero para el hospital», ella tuvo que costearse la recuperación. Ya repuesta, debió enfrentarse en el cuadrilátero contra su marido, y venció.
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