Determinado ya que los terroristas suicidas del 7-J eran ciudadanos británicos, la posibilidad de un nuevo atentado en el Reino Unido dejó de ser simplemente una hipótesis justificada por la prudencia. Por eso, la obsesión de los servicios secretos y la policía es ahora dar con el "cerebro" de los atentados, quien, en libertad, podría poner otra vez en marcha la usina de la muerte, ya sea en ese país o en otro. Todo indica que los kamikazes identificados (de origen paquistaní, la comunidad socialmente más sumergida entre los 2 millones de musulmanes que viven en Gran Bretaña) eran demasiado jóvenes e inexpertos como para perpetrar un atentado cuádruple de gran precisión. De ahí, el rol crucial que jugó el "quinto hombre", un experto en explosivos involucrado en carnicerías anteriores y alto jefe de Al-Qaeda en Europa (ya está individualizado, aunque su nombre no trascendió). La presencia de un enemigo interno, enquistado en una comunidad islámica grande, convenció a Tony Blair de apurar un duro paquete de medidas antiterroristas, el que perseguirá especialmente la incitación a la violencia que se hace en no pocas mezquitas británicas. El desafío es imperioso: además de la tragedia de la pérdida de vidas, siempre incalculable en su alcance, se estima que los ataques del jueves pasado tendrán un costo de 5 mil millones de dólares.
El sospechoso, «Fuentes cercanas a los servicios de seguridad» creen que el sospechoso está vinculado con atentados precedentes y que está en contacto con militantes de la red terrorista Al-Qaeda, informó el prestigioso diario conservador.
Además, los investigadores estaban anoche tras la pista de otros posibles miembros de la célula, según «The Times».
El primero habría sido captado por la cámara de vigilancia de la estación de Luton, donde los presuntos autores de los atentados se encontraron la mañana del 7 de julio antes de los ataques.
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