Cae telón para la "década mágica"
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El resultado se materializó en tres victorias consecutivas en las urnas: 1997, 2001 y 2005. Y dos fueron los talismanes que hicieron posible el éxito: Nuevo Laborismo y Tercera Vía.
El nuevo credo escandalizaba al sector más ortodoxo del partido pero atraía a un votante castigado por décadas de ajuste «tory». «El país necesita más gente capaz de hacerse rica gracias a todo el dinero que pueda ganar», decía el flamante primer ministro. De nuevo su juventud actuaba como un imán sobre una sociedad deseosa de cambio. Con 43 años, marcaba un nuevo hito en la política británica siendo el primer ministro más joven desde Lord Liverpool, en 1812.
Basándose en las teorías del profesor Anthony Giddens, fue ajustando su programa de gobierno hacia un pragmatismo que acuñó un apelativo nada cariñoso y del que siempre ha renegado: «Hijo de Thatcher». Giddens sentó las bases de un nuevo y « light» izquierdismo en su obra de 1998: «La Tercera Vía: la renovación de la socialdemocracia».
Las recetas básicas eran la reforma del Estado del Bienestar para salvar lo poco que los conservadores habían dejado en pie, el seguidismo a los rígidos dictados que imponía la globalización económica y una vocación internacionalista frente al aislacionismo propio de los «tories».
Quizá la única concesión hacia la izquierda tradicional era la decidida apuesta por la educación como motor de progreso. En un primer momento, la Tercera Vía les acercó a líderes como el socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, pero en general la izquierda europea veía con recelos la presunta renovación isleña.
La «especial relación» que ha marcado tradicionalmente la política de Londres hacia Washington ha sido un eje fundamental para comprender la «década Blair». No sólo la izquierda le ha reprochado su entrega hacia la política militarista de la Casa Blanca. El líder sudafricano Nelson Mandela dijo: «Blair es el ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos».
El propio Bush, con las cenizas aún calientes de las Torres Gemelas, agradeció el compromiso del británico en la lucha que comenzótras el 11-S: «EE.UU. no tiene otro amigo más sincero que Gran Bretaña».
De hecho, y como ya sucedió en España y en los propios Estados Unidos, la guerra de Irak pasó factura al primer ministro. En estos días, Blair anda empeñado en lavar esa imagen «guerrera». En encuentros privados con los medios de comunicación celebrados a modo de despedida ha afirmado: «La historia hará su propio juicio sobre nuestra política, pero ahora la prioridad es la reconstrucción de Irak y el aumento de la seguridad».
Ese decidido apoyo a la guerra no sólo le valió la división de su partido ni el castigo en las encuestas. En julio de 2005, una serie de atentados suicidas en el metro londinense acabaron con la vida de 52 personas. Su primera gran derrota en la Cámara de los Comunes vendría también de la mano de esa particular concepción de la lucha contra el terrorismo.
Los diputados se negaron a ampliar de 14 a 90 días la duración del período de detención de sospechosos sin cargos.
En la calle, la contestación no era menor. Más de un millón de personas salió a las calles de Londres el 16 de febrero de 2003 para gritar: «No a la guerra».
Sin embargo, el reciente acuerdo, el 26 de marzo, entre los republicanos y los unionistasnorirlandeses para compartir el poder ha constituido un innegable éxito que le eleva entre muchos de sus conciudadanos como « hombre de paz».
Con el anuncio de su retirada, Blair se une a los que han sido sus compañeros de viaje en la política internacional: Schröder, Berlusconi, Chirac, Aznar, Bush (pronto)... Deja los deberes hechos en el terreno doméstico. Las inversiones han revitalizado los servicios públicos, aunque ello no ha impedido un cada vez menor entusiasmo del electorado laborista. Se ufana de haber creado 2,5 millones de puestos de trabajo y de haber luchado contra la pobreza infantil en el período más largo de crecimiento económico «en 200 años». Pero su popularidad no rebasa 30%, cuando antes había batido récords. El resultado es que los conservadores de David Cameron parten favoritos por primera vez en la «década prodigiosa» frente a su más que probable sucesor, Gordon Brown.




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