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6 de junio 2006 - 00:00

Claves de la campaña de la resurrección

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Una simpatizante de Alan García sostiene un cartel de la campaña. Perú le dio una nueva oportunidad para revertir los errores del pasado.
Lima (enviado especial) - Desesperada porque su marido se moría y los médicos ya no le daban esperanzas, una mujer optó por acudir a un brujo. «Ponga junto a su cama una copa de agua tibia, encienda incienso y coloque la foto de un mentiroso. Con eso se curará», le aseguró éste. Días después, dolorida por la muerte del hombre, la mujer volvió a ver al brujo para reprocharle su mal consejo. «¿Usted puso la copa de agua tibia, encendió el incienso?», la inquirió el brujo. «Sí», respondió ella. «No entiendo... ¿Y la foto del mentiroso?» «También, una de Alan García», contestó la mujer. «¡Pero señora, usted lo mató de una sobredosis!».

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Para consumar su resurrección política del domingo, una de las más sorprendentes que se recuerden en esta parte del mundo, García tuvo que lidiar con los resentimientos que dejó su lamentable primer mandato. Para ello debió poner en juego sus dotes de ilusionista, convirtiendo un magro 24% de los votos en una carta ganadora. Incapaz de modificar su propio caudal electoral por su elevadísimo índice de rechazo social, manipuló sabiamente el de los demás candidatos a la primera vuelta, inventando el único escenario que le servía: un enfrentamiento mano a mano con Ollanta Humala.

Analistas consultados por este enviado fueron unánimes en su admiración por el impecable manejo de la campaña aprista, que, más allá del resultado final, equivalió a sacar agua de las piedras.

Para Jorge Chávez Alvarez, de Maximixe Consult, «la performance de García fue óptima. Le sacó el jugo, lo máximo que se podía, a lo que le quedó como apoyo después de su pésimo gobierno».

¿Cómo lo hizo? Básicamente, fue creando con su discurso previo a la primera vuelta divisiones entre los candidatos que sí competían por el electorado, a diferencia de él, que contaba sólo con el voto cautivo de su partido. Para ello debió jugar varias simultáneas de ajedrez y ganarlas todas. Rivalizó con el nacionalista Humala, posicionándose como uno de los referentes del campo democrático.

  • Oportunidad preciosa

    Al ritmo del subibaja de las encuestas, por momentos criticó y en otros simplemente ignoró a la conservadora Lourdes Flores, su rival por el codiciado segundo puesto que abría la puerta del ballottage. Por último, intervino públicamente cada vez que se mencionaba la posibilidad de un retiro de la candidatura del también moderado ex presidente Valentín Paniagua (2000-2001), excitando el orgullo de éste de modo que siguiera en la pelea y terminara restándole a Flores votos vitales. Un pecado que los simpatizantes de la socialcristiana nunca le perdonarán a este hombre mayor, que supo conducir en calma la compleja transición del posfujimorismo.

    El resultado del 9 de abril fue perfecto para García, ya que, como pretendía, lo dejó solo en el ring frente a Humala, permitiéndole explotar los temores que éste despertaba. La historia le entregaba, a sus 57 años, una oportunidad preciosa y acaso única para, como él mismo ha dicho, salvar su epitafio político.

    Brillante orador (dio su primer discurso a los 13 años), para la segunda vuelta elaboró un mensaje distinto para cada público. Al votante aprista tradicional le entregó la habitual retahíla de promesas de justicia social y derechos laborales. Al liberal le habló de democracia, responsabilidad administrativa y -a la Belaúnde- de «un Estado que trabaje pero deje trabajar». A los más conservadores les dijo que «si quieren mano dura contra la delincuencia, tomen la mía». Y a los nacionalistas los tentó con el objetivo de superar a Chile en diez años como mayor potencia comercial y económica de la costa occidental de Sudamérica. Todo sazonado con una autocrítica tan clara como módica, pidiendo humildemente al Perú «la absolución» por las sospechas de corrupción, el desabastecimiento y «los errores» de su primer gobierno.

    Otro acierto de García fue no ceder a las presiones para cerrar una alianza formal con el mismo centroderecha que había vencido en la primera vuelta, provenientes de quienes se sentían desesperados por saberse obligados a votar por él para frenar a Humala. Para ellos, una coalición a la chilena garantizaba una cierta contención del imprevisible «Caballo Loco». Pero eso lo habría facilitado a su rival arrinconarlo como «candidato de los ricos».
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