Washington (El Mundo) - Una inversión con una tasa de retorno de 1.500.000%. Es decir, por cada euro invertido, se obtiene 1,5 millón de beneficio. El sueño de todo inversor. Tal el impacto económico del 11 de setiembre, aunque en ese caso Al-Qaeda en vez de dividendos buscaba destrucción.
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El grupo terrorista gastó en la operación un total de 200.000 dólares, según declaró Zacarias Moussaoui en el juicio por su participación en la trama terrorista.
A cambio, las pérdidas totales para la economía mundial fueron de 300.000 millones de dólares, de acuerdo con las estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Eso equivale a 0,75% del PBI mundial.
Fueron los ataques más «rentables» de la historia. Y, además, fijaron la pauta. Los atentados de Madrid del 11-M costaron a los terroristas 41.000 euros. Los de Londres del 7-J, apenas 8.000 libras, es decir, algo menos de 12.000 euros.
Como declaró Loretta Napoleoni, una experta en financiación del terrorismo, «cada día que pasa es más barato realizar un atentado masivo». El sistema financiero y la economía sumergida proporcionan, además, vías más que suficientes para que los terroristas costeen sus operaciones.
El 11-S, al igual que la mayor parte de las actividades de Al-Qaeda y de los talibanes, se financió con dinero procedente de los países del Golfo Pérsico y de Pakistán, que a su vez fue girado sin problemas por conductos bancarios normales al comando de 19 suicidas en Estados Unidos.
Movimientos
Como afirma Camille Pecastaing, un experto en terrorismo islámico de la Universidad John Hopkins, «los terroristas no mueven grandes sumas de dinero. No es fácil detectar cómo mueven sus recursos».
De hecho, la famosa «hawala», es decir, la transferencia de dinero por canales controlados por árabes y ajenos al sistema financiero internacional, no parece haber sido utilizada nunca por los terroristas para mover su dinero.