Doloroso retorno al Beirut chiita
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Entre las ruinas del canal, coronadas por banderas libanesas, sus periodistas improvisaron ayer un pequeño estudio desde el que ya transmitían.
Ali Essai, un chiita empleado de un supermercado cercano que continúa en pie, dice que escapó cuatro días antes de la destrucción con su mujer y sus cuatro hijos.
«Estaba seguro de que mi casa la iban a destruir», dice Ali, ya entrado en años, que se fue con su familia a casa de su hermano en las montañas cercanas a Beirut y se muestra orgulloso de la «victoria» de Hizbollah, al igual que la mayoría de los habitantes de la zona.
«Ofrecemos nuestro hogar en sacrificio para Hassan Nasrallah; no nos importa que nos destruyan y nos maten si Hizbollah gana la guerra», exclama Amira Almari, una mujer completame n t e vestida de negro que rebusca cosas en otro montón de escombros antes de que pasen a su lado las excavadoras que los remueven.
Unas excavadoras pagadas por Hizbollah, según asegura Ali Hamad, un portavoz de la organización, que acusa a Estados Unidos de ser el principal responsable de lo que ha sucedido.
De hecho, el movimiento chiita es el que se encarga de toda la organización del desescombro y sus milicianos son los que dirigen el caos de tráfico en los barrios y reparten acreditaciones a los periodistas para poder adentrarse entre el hormigón arrasado.




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