16 de agosto 2006 - 00:00

Doloroso retorno al Beirut chiita

Beirut (EFE, AFP) - Los beirutíes, ya más confiados con el alto el fuego, se acercaron ayer a comprobar la destrucción de los barrios chiitas del sur de la capital libanesa, bastión de Hizbollah.

Edificios de más de diez plantas completamente aplastados, inmensos cráteres, montañas de hormigón destrozado por todas partes, miles de amasijos de hierro y cascotes, recibieron ayer entre humaredas de polvo a los cientos de personas que se adentraron en las zonas más bombardeadas de Haret Hreik, Shiyah, Ghobeyreh o Reuis.

Muchos acudieron para comprobar lo que había quedado de sus hogares, abandonados semanas atrás. Otros se acercaron para ver con sus propios ojos la destrucción o para ayudar en las tareas de remoción de escombros, entre una omnipresente nube de polvo en suspensión que apenas dejaba respirar.   

  • «Zona cero»

  • El área de Haret Hreik, donde se encontraba el cuartel general del líder del grupo terrorista Hizbollah, Hassan Nasrallah, es la «zona cero» de Beirut. Un profundo cráter rodeado por toneladas de escombros, pero diáfano en su centro, es lo único que queda del centro de operaciones de la milicia islamista.

    La destrucción llega hastadonde alcanza la vista en todas direcciones, incluyendo la sede principal del órgano de expresión de Hizbollah, la cadena de televisión Al-Manar.

    Entre las ruinas del canal, coronadas por banderas libanesas, sus periodistas improvisaron ayer un pequeño estudio desde el que ya transmitían.

    Ali Essai, un chiita empleado de un supermercado cercano que continúa en pie, dice que escapó cuatro días antes de la destrucción con su mujer y sus cuatro hijos.

    «Estaba seguro de que mi casa la iban a destruir», dice Ali, ya entrado en años, que se fue con su familia a casa de su hermano en las montañas cercanas a Beirut y se muestra orgulloso de la «victoria» de Hizbollah, al igual que la mayoría de los habitantes de la zona.

  • Sacrificio

    «Ofrecemos nuestro hogar en sacrificio para Hassan Nasrallah; no nos importa que nos destruyan y nos maten si Hizbollah gana la guerra», exclama Amira Almari, una mujer completame n t e vestida de negro que rebusca cosas en otro montón de escombros antes de que pasen a su lado las excavadoras que los remueven.

    Unas excavadoras pagadas por Hizbollah, según asegura Ali Hamad, un portavoz de la organización, que acusa a Estados Unidos de ser el principal responsable de lo que ha sucedido.

    De hecho, el movimiento chiita es el que se encarga de toda la organización del desescombro y sus milicianos son los que dirigen el caos de tráfico en los barrios y reparten acreditaciones a los periodistas para poder adentrarse entre el hormigón arrasado.
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