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8 de septiembre 2008 - 00:00

EE.UU.: ambos candidatos, bien enfocados en el centro

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Tanto Barack Obama como John McCain moderaron sus discursos para captar un mayor abanico de votantes indecisos.
Washington - Pasado el festivo trance de las convenciones, John McCain y Barack Obama -con sus respectivas nominaciones formalizadas y sus «número dos» a bordo-enfilan a partir de ahora 57 días de maratón electoral marcado por cuatro debates televisados y una actualidad con superávit de malas noticias a falta de paz y prosperidad. Pero esta vez, los galvanizados candidatos del Partido Republicano y del Partido Demócrata parecen competir exactamente por el mismo espacio político: el centro con pretensiones reformistas.

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En sus veinte meses de odisea presidencial, sobre todo después de imponerse en las primarias a Hillary Clinton, Obama protagonizó una evolución hacia posiciones más en el medio del espectro político, a pesar de que su corta pero intensa trayectoria política arranca desde la izquierda del Partido Demócrata. Ese viaje hacia el centro abarca desde una posición matizada para terminar «responsablemente» con la presencia militar de Estados Unidos en Irak hasta un respaldo a la expansión de poderes gubernamentales para controlar comunicaciones privadas con fines de seguridad nacional.

John McCain, por su parte, fue siempre el candidato menos conservador del Partido Republicano hasta el punto de haber ganado sus primarias cuadrando una mayoría suficiente con la decisiva ayuda de votantes que no tienden a votar siempre al mismo partido. Disidencia notoria que ha sido compensada con la incorporación a su candidatura de la gobernadora Sarah Palin, que sí aporta impecables credenciales conservadoras.

Dentro de estos esfuerzos compartidos por ocupar el centro reformista, la lista de coincidencias entre los programas de los candidatos republicano y demócrata empieza a resultar bastante abultada. Por ejemplo, McCain y Obama respaldan la expansión con subvenciones federales de las investigaciones científicas con células embrionarias humanas. Opción descartada desde un principio por la Administración Bush.

Estas coincidencias, por lo menos a nivel de principios generales, se extienden a la prioridad de luchar contra la proliferación nuclear, una reforma generosa en materia de inmigración, respaldo público a instituciones religiosas que faciliten servicios sociales, mayores poderes para el gobierno en investigaciones antiterroristas y hasta el reconocimiento de que el cambio climático es un problema real que requiere una nueva política de energía.

Incluso en la espinosa cuestión de Irak -que tanto marcó las campañas de McCain y Obama- ambos candidatos aproximaron sus posiciones. Con lo que se puede argumentar que las diferencias más fundamentales se limitan a cuestiones como la política fiscal (en contraste con McCain, Obama insiste en subir impuestos a las rentas más altas y expandir una serie de prestaciones sociales), la salud (tema donde McCain sigue confiando en el libre mercado y Obama insiste en una reforma encaminada a lograr cobertura universal) o qué tipos de jueces deben ocupar la Corte Suprema.

A la vista de estas tendencias, el clima político para las presidenciales de 2008 aparece marcado por una frustración compartida hacia el partidismo estridente y la consiguiente parálisis institucional en Washington. Y en contraste con las presidenciales de 2004, donde los principales partidos se concentraron en movilizar sobre todo a sus más entusiastas votantes, la verdadera fricción de la actual campaña aparece concentrada en la conquista del centro político.

Disputa que también se extiende a qué candidato va a poder reclamar la idea de «cambio» que en estos momentos parece imperar entre el electorado americano. Según insistió Steve Schmidt, estratega de McCain, «para Obama el cambio es una palabra bonita, es una táctica de campaña, es una estupidez». Aunque a juicio de David Axelrod, estratega del nominado demócrata, el problema de McCain es que utiliza mucho la palabra « cambio», pero en la práctica sus políticas resultan demasiado familiares: «Esto no es cambio, es más de lo mismo».

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