Bagdad - Alí, un adolescente de unos 15 años, no puede despegar su rostro de los carteles del cine Nijum, en la calle Saadun de Bagdad. Sus ojos escrutan la fotografía que publicita la proyección del día, donde apenas se puede adivinar el rostro de un hombre moreno sumergido en la entrepierna desnuda de una mujer. En Europa, la escena ni siquiera se consideraría subida de tono pero en el nuevo Irak, donde 35 años de dictadura castigaban con severas penas de cárcel a quien osara vender o emitir películas pornográficas, el anuncio de «Colegio femenino» excita a todos.
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«Emitimos tres películas pornográficas seguidas, todas en video, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Y entre 100 y 150 personas pagan su entrada por ver cine porno», explica Semir Amis, responsable de la sala. La razón de unos horarios tan poco habituales es sencilla: se debe a que en el Bagdad controlado por EE.UU., a partir de las seis de la tarde la calle se apodera de bandidos, gente dispuesta a robar lo que sea y a quien sea aprovechando la anarquía, el desgobierno y la ausencia de fuerzas de seguridad. «Hay muchos que se quedan desde la mañana, a ver las 6 horas de sesión continua; otros salen 5 minutos después del inicio de la proyección», añade con una sonrisa malévola.
Los carteles seudopornográficos, inconcebibles en la férrea dictadura de Saddam, se repiten en los cines de Saadun, una de las principales vías de la capital. «Si no pongo porno, me muero de hambre porque nos veríamos obligados a cerrar, como ha ocurrido con otros cines», dice Amis.
El desgobierno que rige Irak hace posible todo lo que antes era imposible. Pornografía, comunicaciones vía satélite, libre acceso a Internet, antenas parabólicas, drogas...
La permeabilidad de las fronteras de la antigua Mesopotamia ofrece a los iraquíes lo mejor y lo peor de Occidente, algo de lo que muchos iraquíes culpan a los estadounidenses. De todas formas, las ventajas de la libertad de la que se goza hoy en Irak son evidentes. Por ejemplo, el acceso a la información. «Si antes ponías la televisión, sólo podías ver a Saddam y escuchar cantos religiosos. Ahora, todo el que se lo puede permitir se compra una antena parabólica», relata Sian Husein, responsable de una de las innumerables tiendas que ofrecen parabólicas en la calle Bab al Sheij. La parábola más pequeña cuesta algo más de 10 euros y permite el acceso a 80 canales; la más grande no llega a los 35 euros y ofrece más de 700 emisoras. «Antes, sólo Saddam y su familia tenían antena parabólica. Ahora todos los iraquíes pueden instalar una.»
Los tejados bajos de Bagdad, una inmensa y polvorienta urbe de cinco millones de habitantes, se han llenado de parábolas de diferentes tamaños. «Si durante el régimen hubiésemos tratado de venderlas, nos habrían cortado la cabeza», explica gráficamente Sian. Muchos usuarios se llevan un decodificador pirata que, por 12 euros, permite ver 72 canales eróticos.
Si la pornografía tiene éxito, las tropelías de la dictadura no se quedan atrás. Por esa misma cantidad, cualquiera puede comprar videos donde se puede ver cómo Saddam, su hijo Uday y sus hombres apalean hasta la muerte a prisioneros. En otra espeluznante filmación casera, que la familia Hussein encargaba a sus camarógrafos como souvenir de sus crímenes, es posible ver a agentes del régimen depositando explosivos en el interior de las ropas de unos presos. Una vez maniatados y vendados en un paraje inhóspito, las cargas son detonadas a distancia.
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