Los carteles seudopornográficos, inconcebibles en la férrea dictadura de Saddam, se repiten en los cines de Saadun, una de las principales vías de la capital. «Si no pongo porno, me muero de hambre porque nos veríamos obligados a cerrar, como ha ocurrido con otros cines», dice Amis.
El desgobierno que rige Irak hace posible todo lo que antes era imposible. Pornografía, comunicaciones vía satélite, libre acceso a Internet, antenas parabólicas, drogas...
La permeabilidad de las fronteras de la antigua Mesopotamia ofrece a los iraquíes lo mejor y lo peor de Occidente, algo de lo que muchos iraquíes culpan a los estadounidenses.
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