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Toda la atención se concentra en dos campos de batalla: el que enfrenta a Sharon con los opositores a la Desconexión, en medio de la mayor crisis en la historia de la democracia israelí, con su supervivencia política en juego, y el de la pugna entre Abbas y los fundamentalistas radicales que corroen la autoridad de su régimen, amenazando con llevarlo al descalabro con su lucha armada. También la supervivencia política de Abbas está amenazada. Informate más
El significado de la Desconexión es obvio: por vez primera desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, 38 años atrás, Israel desmantela asentamientos en áreas en las que los palestinos esperan establecer un Estado propio. ¿Y quién lo hace? Aquel que fue su padrino y arquitecto. «Una retirada israelí pacífica (es decir, sin ataques terroristas palestinos) demostrará si los palestinos merecen o no un Estado propio», declaró la semana pasada el presidente palestino, mientras militantes -léase terroristas-palestinos, haciendo caso omiso, no cesan los disparos y los lanzamientos de cohetes contra objetivos israelíes y se exhiben abiertamente en las calles palestinas con sus armas -y encapuchados, por si acaso-en abierto desafío a la Autoridad Palestina. Sus dirigentes proclaman a los cuatro vientos que no renunciarán a las armas una vez concluida la retirada israelí y que nunca aceptarán como legítima la existencia de Israel, establecida sobre tierra islámica. Un dirigente fundamentalista islámico calificó de criminales los llamamientos de Abbas al desarme.
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