Este interesante artículo del diario italiano «Corriere della Sera» ahonda en la figura del emperador bizantino Manuel II, uno de cuyos diálogos fue citado por el papa Benedicto XVI, desencadenando una fuerte crisis entre la Iglesia y el mundo musulmán. La nota del analista Gian Guido Vecchi pone ese diálogo, que se refiere a la expansión del islam a través de la fuerza militar, en su contexto histórico. La cristiandad se sentía entonces -siglos XIV y XV- amenazada por el avance del Imperio Otomano. A continuación, los principales tramos del artículo.
Era el representante de Dios en la Tierra. Una autoridad espiritual, además de política, un hombre de gran belleza, rasgos hieráticos y casi prisionero del Sacro Palacio, en el corazón de una ciudad repleta de arte, que se mostraba distante y vestido de púrpura y oro. Un teólogo y un humanista de amplia cultura. Una figura trágica que veía a su civilización milenaria asediada por los ejércitos musulmanes y próxima a hundirse, sin poder hacer nada por evitarlo.
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Todos en Europa decían admirarlo y lo recibían con los honores debidos a su rango. Tanto en Roma como en Venecia. Tanto en París como en Londres. Pero nadie le hacía caso. «Occidente, dividido, no conseguía ponerse de acuerdo. La historia se repite», sonríe, entre irónico y serio, el profesor Giorgio Ravegnani, catedrático de Historia Bizantina en Venecia. Ese es Manuel II, el Paleólogo, emperador bizantino de 1391 a 1425.
Benedicto XVI lo citó en su discurso en la Universidad de Ratisbona el pasado martes. La frase de la polémica está extraída de uno de los 26 Diálogos con un persa recogidos, en varias traducciones, por Theodore Khoury en su libro «Polémica bizantina contra el islam».
Maldades
En la obra, Manuel II se dirige a su interlocutor «de una forma tan brusca que llama la atención», comenta el papa Joseph Ratzinger, y dice: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba».
Benedicto XVI cita ese pasaje para recordar que el emperador, «tras haberse pronunciado de una forma tan brusca, explica minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional», porque «la violencia está en contraste con la naturaleza de Dios» y «el no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios».
En el Vaticano lo explican así: se trata de una referencia histórica, académica, del profesor que habla en una universidad.
El emperador vivió una situación muy complicada. La Nueva Roma del Bósforo se estaba muriendo, el Imperio Romano de Oriente, que Constantino había fundado en el siglo IV, estaba rodeado por las fuerzas otomanas y se había quedado ya reducido a Constantinopla y a algunos pequeños territorios de la periferia.
Asedio
El emperador escribe el diálogo que ha citado el Papa con la ciudad asediada, «se lanza a una gira por Occidente y pide, en vano, ayuda militar. La caída de Constantinopla se retrasa sólo porque, en 1402, los turcos son derrotados por los mongoles».
Su padre, Juan V, se había convertido al catolicismo, a pesar de ser el emperador ortodoxo. Su hijo, Juan VIII, había hecho lo mismo e incluso había suplicado al Papa. Todo inútil. Su sucesor, Constantino XI, el último emperador, morirá defendiendo los muros de Constantinopla el 29 de mayo de 1453.
El problema es que la cita del Papa aludía a una especie de paralelo histórico. ¿Comparten esa opinión los historiadores? «No, no me parece posible. ¿El Occidente actual amenazado por los musulmanes como Bizancio por los otomanos? No es posible y el Papa no lo piensa. El Vaticano nunca ha querido crear tensiones», explica la profesora Catherine Douramani, catedrática de historia bizantina y lengua griega en el Pontificio Instituto Oriental de Roma y griega ortodoxa.
En cualquier caso, una mirada a la historia ratifica el tono de Manuel II. «El emperador bizantino era el enviado de Dios en la Tierra para vigilar la recta fe, mandaba sobre el Patriarca y era una figura sagrada. Sus diálogos sobre el islam no podían ser de otra forma. A su manera, era un gran político, aunque también un personaje trágico. Pero no podemos imaginarlo como un hombre que quisiese derrotar el fanatismo. Porque, en aquella época, nadie estaba libre de él», dice.
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