Más de 140 jefes de Estado y 200 dignatarios de todos los países del mundo, reyes y príncipes, grandes y pequeños, ricos y pobres, líderes de todas las iglesias --cristianas y no cristianas-se arrodillaron frente a su cuerpo inerte en señal de respeto, veneración y homenaje. Millones de hombres y mujeres se agolparon durante decenas de horas en las calles de acceso a la Basílica de San Pedro para desfilar enfrente de cuerpo del Papa, para darle el último adiós. Varios miles de millones de personas del mundo entero siguieron paso a paso las ceremonias de su exequias por televisión. Un mundo -aparentementeinsensible-se paralizó conmovido ante el misterio insondable de la muerte de un hombre; justamente la muerte de aquél que recogió -como nadie-, desde la silla de Pedro, el testimonio evangélico de la esperanza y proclamó con valentía -y sin amedrentamiento alguno-: «No teman...» a lo largo y a lo ancho del planeta, en sus más de 102 viajes, 1.300.000 kilómetros recorridos, 2.042 discursos y otras tantas miles de homilías.
Gigante, hombre, pastor y maestro; simbiosis única del Pedro fundador -primera piedra-y de Pablo de Tarso peregrino; todo ello fue Juan Pablo II.
En aquella tarde de 1978, probablemente en el corazón de Karol Wojtyla se sintió esa voz que relata San Juan preguntándole: «Karol, hijo de Karol... ¿Me amas más que éstos?». y al responder: « Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero» fue ungido Papa con el mandato de seguir a Cristo y apacentar su rebaño (Jn., 21.15-17).
Veintisiete años después, el 2 de abril de 2005, el diálogo fue otro. Juan Pablo II, Papa, le habría dicho al Señor: «Padre, te he seguido siempre, he apacentado tu rebaño y lo he guiado y cuidado hasta el límite de mis fuerzas, y también más allá, hasta entregar mi vida por tus ovejas...». La respuesta no tardó en llegar. Hoy Karol Wojtyla, sacerdote y Papa, ha entrado definitivamente en la gloria para recibir la prometida herencia de la vida eterna (Mt. 19.29).
Juan Pablo II, Karol, hijo de Karol... descansa en paz.
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