Los primeros rayos de sol bañan Bagdad, la urbe que, irónicamente, fue conocida durante siglos por los historiadores como Daar es Salam (ciudad de la paz), cuando su población inicia la celebración del Eid al Adha, la fiesta que pone fin a la peregrinación anual a La Meca y la más importante del mundo musulmán. Recogimiento, generosidad, sangre y el recuerdo a los fallecidos marcan el inicio de esta fiesta islámica, que concluirá el próximo viernes y dará paso a la incertidumbre de una guerra declarada, pero estancada sine die por la determinación europea. La sangre tiñe los brazos de cada uno de los participantes, mientras los niños corren curiosos de un lado a otro. El ambiente es más que festivo. Según dicta la tradición musulmana, cada familia debe sacrificar al menos un cordero de más de un año de edad en estas fechas. Un tercio es consumido en casa, otro es repartido a los vecinos y la última parte va a parar a los pobres, que posiblemente lleven meses sin probar carne. En Hay al Adel, los más necesitados hacen cola en el exterior de la vivienda de Salman a la espera de que cada familia les entregue su parte. La generosidad que promulga el Corán toma un especial significado en estas fechas. Los más pudientes prefieren sacrificar una vaca, que según la costumbre debe tener más de dos años, o un camello de más de cuatro, cuya carne será repartida entre unas siete familias y los correspondientes pobres.
En Bagdad, la solidaridad era ayer una máxima tácita y escalofriante, teniendo en cuenta que numerosos observadores temen que el fin del Eid al Kabir (la fiesta Grande) dé paso a otro baño de sangre muy diferente. A juicio de muchos, Washington sólo respetará el final de la celebración para no elevar la tensión con un bombardeo en plena fiesta islámica. Salman y los suyos no están de acuerdo. «Eso es sólo fatalismo, y hoy estamos de fiesta», dice limpiándose el sudor con el dorso de una mano teñida de rojo. Pero es difícil abstraerse a los tambores de guerra. Desde la madrugada, cuando la oscuridad aún envolvía Bagdad, los hipnóticos cantos de Allahu Akbar envolvían la ciudad en un clima irreal. La entonación es diferente en cada país que mantiene este rito, un signo distintivo que hace del Eid algo único para cada pueblo. La radio escupía los cantos de los imánes, llamando a los fieles a las mezquitas. Era el primer paso de una fiesta que se extenderá cuatro días, durante los cuales ningún centro oficial será abierto en el país. En la mezquita de Um al Maarik (La Madre de Todas las Batallas), erigida por Saddam Hussein pocos años atrás sobre el lugar donde sobrevivió a un bombardeo estadounidense en 1991, para agradecer a Alá de haber salvado su vida y «ganado» la guerra, miles de fieles se congregaban ayer en clima de recogimiento.
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