España fue vista en el último tercio del siglo pasado como el modelo a imitar en materia de transiciones de gobiernos autoritarios a democracias. Ha sido el ejemplo en que intentaron inspirarse muchos gobiernos de América latina -la Argentina de Alfonsín, por caso- y años después varios países del este europeo que salían del imperio comunista. Un columnista del diario español «El País» hace una interesante reseña de cómo la España de hoy ya ha dejado de ser ejemplo para el resto del mundo.
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No hay que ser muy agorero para predecir que, igual que nunca volverá a haber un Estatuto catalán con el voto de todos los diputados al Congreso de los Diputados salvo uno, no volverá a haber, en un futuro previsible, la concordia política basada en la coincidencia última sobre los fines del Estado que se mantuvo durante un cuarto de siglo.
Si, como recuerda el liberal Enrique Krauze en el último número de «Letras Libres», durante dos décadas la transición española fue el ejemplo a seguir para toda América latina -como también lo sería después para el Este de Europa-, ahora el creciente desprestigio de aquel proceso político es paralelo al cuestionamiento general del pacto reformista político y social como única fórmula aceptable de la transformación hacia sociedades más justas y prósperas.
Es difícil establecer cuáles son los factores que más han contribuido a que las sociedades latinoamericanas, con escasas excepciones, vuelvan a prestar oídos a las arengas izquierdistas y populistas y, en algunos casos, incluso guerrillero-terroristas que tanto dolor, miseria y sangre han causado en el continente durante el siglo XX. Cierto es que el discurso antinorteamericano, que ha sido muy fácil con George W. Bush en Washington, resulta atronador y se ha convertido en una continua arenga antioccidental y antiliberal alimentada desde Europa, y España en especial, y bien difundida por el petrodólar venezolano.
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