Finalmente, la cápsula Fénix II devolvió a la superficie a los 33 mineros.
Los 33 mineros atrapados en las entrañas de Chile volvieron a ver el mundo, en un emotivo rescate que puso fin a un encierro de más de dos meses y se convirtió en el mayor hito de supervivencia bajo tierra de la historia.
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Entre gritos de felicidad, aplausos y festejos, los hombres que estuvieron 70 días en las fauces de la mina San José, en el Desierto de Atacama, emergieron uno a uno en una cápsula, izada por un estrecho y caluroso túnel de casi 700 metros de roca sólida.
Las sirenas y los cantos sonaron, globos con los colores patrios de Chile fueron soltados al aire, funcionarios se abrazaron y familiares corrieron a fundirse con el último de los sobrevivientes que abandonó el yacimiento, el jefe de la mina.
"Espero que esto nunca más vuelva a ocurrir", dijo el minero Luis Urzúa al marcar el fin. "Gracias a todos, gracias a todos los rescatistas, gracias a todo Chile", acotó.
Los trabajadores fueron rescatados en un operativo sin fallas y con un avance más rápido de lo esperado que puso broche de oro a la hazaña de supervivencia, seguida por millones de personas de todo el mundo en sus televisores, radios, prensa e internet.
"Recibo su turno y lo felicito porque cumplió con su deber saliendo a lo último como hace un buen capitán", dijo el presidente chileno, Sebastián Piñera, a Urzúa después de abrazarlo.
"Quiero delante de usted agradecerle a los miles y miles que trabajaron incansablemente para que ustedes estén acá con nosotros", agregó, entre aplausos y luego de dar el famoso grito de celebración en el país: "¡Viva Chile mierda!".
Los mineros habían quedado atrapados en un refugio de emergencia de la centenaria mina de cobre y oro San José por un derrumbe el 5 de agosto que avivó especulaciones iniciales de que habían muerto.
Pero las esperanzas se encendieron cuando 17 días después lograron enviar, por un hoyo del tamaño de una toronja abierto durante las operaciones de búsqueda, un papel manuscrito diciendo que estaban vivos y en buen estado.
La odisea, que llenó de orgullo a los chilenos por el impecable operativo, tuvo un final feliz. Ahora el minero Ariel Ticona, que vio la superficie pocos minutos antes de su jefe, podrá conocer a su hija bautizada Esperanza, que nació hace sólo algunas semanas cuando él estaba bajo toneladas de roca.
Y su compañero Esteban Rojas podrá cumplir la promesa que hizo a su esposa de casarse en una ceremonia religiosa, dos décadas después de haberlo hecho en un registro civil. "Gracias a Dios recuperamos a nuestro hermano y estamos juntos", dijo Yolanda Rojas, hermana del Esteban, mientras se preparaba para dejar el campamento.
Poco a poco el campamento junto a la mina, bautizado con el nombre Esperanza, se iba despoblando después de haber estado bajo los reflectores del mundo por semanas. Los familiares de los mineros ya rescatados enfilaban para sus casas y algunos periodistas comenzaban a empacar sus cámaras.
Pero familiares pidieron que la mina, que autoridades adelantaron que será cerrada, se convierta en una especie de santuario donde puedan ir a agradecer por el milagro.
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