Mientras el primer ministro israelí, Ehud Olmert, elogiaba la Resolución 1.701 del Consejo de Seguridad de la ONU, que estableció un alto el fuego con Hizbollah, muchos de los habitantes del norte de Israel se mostraban recelosos con la decisión.
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Las calles de Nahariya, una de las ciudades norteñas israelíes más castigadas por los cohetes de la milicia libanesa, recuperaban una relativa normalidad. Los coches volvían a circular y algunos de los comercios, aunque pocos, abrían sus puertas al público.
«El ejército repite por la radio que podemos regresar a nuestros hogares, pero no todos juntos, porque nadie sabe lo que podrá ocurrir mañana. Tenemos cuidado pese al alto el fuego, porque no confiamos en los árabes», explica un habitante de la localidad que no quiso revelar su identidad.
Ayer a la madrugada, una decena de cohetes fueron lanzados cerca de posiciones ocupadas por Israel en el sur del Líbano, según indicó a «France Presse» un portavoz del ejército hebreo. Aunque los cohetes no causaron víctimas ni daños materiales, se trataría, en caso de confirmarse oficialmente el ataque, de la primera ocasión en que se rompe el armisticio tras su entrada en vigor.
El alto el fuego, que entró en vigor tras 33 jornadas de sangrientos combates, era considerado por la mayoría de los ciudadanos del norte del país como «un fracaso de su gobierno». A pesar de que el ministro de Justicia israelí, Haim Ramon, se esforzó por sostener que «Hizbollah es una fuerza derrotada que ha cambiado completamente», no pensaba lo mismo gran parte de la población del Norte. «La guerra debe continuar hasta el desmembramiento de Hizbollah. Por lo tanto, no es correcto declarar un alto el fuego antes de lograrlo. Hemos sufrido mucho tiempo para que el ejército no haya conseguido su objetivo», asevera Mahluf Bendabit, de 55 años, y ciudadano de Nahariya. Y expresa su firme convicción en la justicia de la lucha. «Somos judíos. Tenemos sólo un país y es éste. Israel es el país de los judíos. Continuaremos luchando por él.»
Bendabit asegura que, aunque su familia ha permanecido todo el mes en un refugio, él ha continuado cumpliendo sus costumbres diarias de tomar café con sus amigos en una céntrica calle de la ciudad.
La lucha entre Israel y Hizbollah es considerada por la población de Nahariya como una de las guerras más difíciles desde la creación del Estado de Israel en 1948, en particular por su larga duración. «Esta es sin duda la guerra más dura que hemos vivido. En la de Yom Kippur, en 1973, estuvimos sólo cuatro días en los refugios. En ésta hemos estado un mes entero, y los civiles hemos sufrido gran parte de los ataques. En las grandes contiendas anteriores siempre se combatió en territorio enemigo sin poner en peligro a los ciudadanos israelíes», explica Bendabit.
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