Los criminales atentados contra personas e intereses hebreos en Kenia, los misiles lanzados contra un avión israelí en ruta hacia Tel Aviv y el atentado suicida delante de la sede del Likud el día en que celebraba las elecciones primarias demuestran que existe una operación coordinada de gran envergadura del terrorismo de origen islámico.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
A poco más de un año de declararse la guerra contra el terrorismo internacional, la seguridad nacional de Estados Unidos e Israel, y también del resto de los países occidentales, es más vulnerable. Doce meses de guerra han conseguido derribar el régimen talibán en Afganistán pero no se ha localizado a Bin Laden, supuesto cerebro de los atentados de 11 de setiembre. Tampoco se sabe mucho sobre los sospechosos detenidos en varios puntos del mundo y que se encuentran pendientes de juicio en la base norteamericana de Guantánamo.
La determinada decisión del gobierno israelí de combatir el terrorismo de los palestinos con la fuerza de su poderoso ejército no consigue debilitar la voluntad de los suicidas que sacrifican su vida con el único y absurdo objetivo de destruir vidas y bienes israelíes. El terrorismo como arma para obtener ventajas o concesiones de cualquier tipo es inaceptable y condenable desde todos los puntos de vista. Pero la lucha contra el terrorismo no puede llegar a buen término si al margen de la fuerza no se utilizan todos los recursos que tienen los Estados democráticos para combatirlo.
Es comprensible y en cierto modo lógica la decisión del presidente George W. Bush de situar en el primer punto de su orden del día el combate contra el terrorismo que amenaza la seguridad de Estados Unidos, de Israel y de todo el mundo. El mensaje es que la mayor potencia militar, económica y política de la historia no puede verse amenazada por unos cuantos miles de terroristas organizados que sacuden los intereses occidentales en cualquier punto del planeta.
Esta doctrina de los neoconservadores americanos que suministran las ideas a la administración Bush es la que se está poniendo en práctica desde Washington y desde Jerusalén.
Los resultados no son positivos. Por una razón muy simple que consiste en que ante la desproporcionada fuerza de los ejércitos, la seguridad defensiva de Estados Unidos es contrarrestada por una bomba igualmente poderosa por parte de los terroristas que consiste en reclutar a suicidas voluntarios que no tienen inconveniente en inmolarse siempre y cuando causen muerte y desolación a las sociedades que pretenden destruir. Es ciertamente una situación tan nueva como peligrosa. La invulnerabilidad que aparentemente pueden reflejar una defensa y una seguridad tan poderosas puede resultar indefensa ante un terrorista que no teme por su vida y asesina a cuantos inocentes encuentra a su paso. El problema se agrava cuando se sabe que entre las sociedades de procedencia islámica no parece muy difícil conseguir que se alisten en esta macabra forma de morir cuantos candidatos sean escogidos. Europa puede pensar que este conflicto no la afecta. Sería un grave error político no buscar salidas, aparte de las estrictamente militares, a este enfrentamiento que desde el 11 de setiembre no sólo no se ha paralizado sino que ha crecido alarmantemente.
Dejá tu comentario