San Pablo (enviado especial) - Uno de los datos más destacados de las elecciones brasileñas de ayer es la inédita fractura del voto entre la población pobre del país, abrumadoramente lulista, y las clases medias y altas, que se volcaron hacia Geraldo Alckmin.
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Según analistas locales, nunca en la historia la polarización de clase fue tan elevada como esta vez, sobre todo entre los sectores bajos y medios, dato que seguramente se confirmará cuando se conozca el desglose del escrutinio oficial.
Un triunfo es siempre un triunfo, pero el de ayer tiene claroscuros para Lula da Silva. La raíz de esa fractura radica en los logros y en los fracasos de su gobierno. La estrategia económica ortodoxa aplicada por Lula desde 2003, cuando asumió el poder, supuso un giro político histórico para un Partido de los Trabajadores considerado hasta entonces el emblema de la izquierda combativa de América latina. Dicha política se tradujo en una notable estabilidad de precios, lo que, sumado a una caída de 30% del dólar contra el real en el mandato actual provocó una marcada reducción de los precios de los alimentos y una mejora de los ingresos de la población más pobre, algo que explica la fidelidad de esos sectores hacia Lula. Esto, claro, cimentado por una intensiva política social, cuyo plan emblema, el Bolsa Familia, entrega dinero en efectivo a 11 millones de familias, esto es 44 millones de brasileños. Para ésos, los planes hacen la diferencia entre comer y no comer, sobre todo en el empobrecido Nordeste, desde ayer bastión electoral de Lula da Silva.
Sin embargo, los escándalos de corrupción le enajenaron al mandatario parte del voto de clase media y hasta alta que había logrado conquistar en 2002.
«Aunque el crecimiento económico ha sido modesto en los últimos años, Lula cumplió con las expectativas económicas de la sociedad. El país creció menos que los otros emergentes (un promedio de 2,7% anual), pero generó bienestar porque aumentaron los ingresos reales de la población. Sin embargo, aumentó tremendamente la corrupción y no se produjo ningún avanceinstitucional. En el área social, el país retrocedió a un asistencialismo clientelista», resumió a este enviado el prestigioso analista Sérgio Abranches.
Escándalos
Un segundo factor a destacar es el efectoque pueden tener los escándalos y la mencionada polarización política en el próximo gobierno. Si continúa el fuego cruzado, la fragmentación del Congreso podría derivar en «una parálisis, donde el gobierno sólo atinará a administrar crisis determinadas por las denuncias de corrupción», añadió Abranches.
Sin la articulación de mayorías sólidas, el Congreso no podrá abocarse a las reformas que los mercados consideran impostergables para que Brasil se lance a un crecimiento económico vigoroso, a saber: la previsional, para reducir el creciente déficit de las cajas jubilatorias, peligroso a mediano y largo plazo; y la tributaria, para recortar una presión impositiva que ya alcanza a 39% del PBI y que ahoga la inversión privada.
Un tercer hecho destacado es el marcado fortalecimiento del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) de Alckmin en los estados, algo clave para entrever las claves de la política que se viene en un país como Brasil, con estados y hasta municipios fuertes y una Unión relativamente débil. A falta de uno, el PSDB tendrá dos presidenciables muy fuertes en 2010, capaces de desafiar cualquier liderazgo. Los electos gobernadores de San Pablo, José Serra, y de Minas Gerais, Aécio Neves, protagonistas de una interna que vale la pena contar.
Con Serra, Alckmin y el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, el ala paulista domina ampliamente el PSDB a nivel nacional. El reto de Neves será en los próximos años proyectar a nivel nacional el impactante apoyo popular del que goza y su fama de buen administrador, lo que exigirá sacar de la conducción partidaria a los paulistas o, al menos, neutralizarlos.
Esto explica la llamativa distancia que Neves tomó de Alckmin durante toda la campaña, y la benevolencia con la que trató a Lula cuando los escándalos arreciaban. Algo que se evidenció en los 10 puntos de ventaja que el mandatario le sacó a su rival en el estado, una factura que los paulistas del PSDB le pasarán al caudillo local.
En la viscosa política brasileña los partidos no atraen demasiada lealtad. Una demostración de esto es que, ya sea por convencimiento, conveniencia o lisa y llana corrupción, 230 disputados cambiaron de partido en la era Lula, esto es casi la mitad de la Cámara baja de 513 miembros. Así las cosas, se especula aquí con que Neves podría dejar el PSBD si los paulistas le cierran el paso a la candidatura presidencial para 2010 e, incluso, que se convierta en el delfín de Lula. De hecho, ayer, ni bien se confirmó su triunfo Neves llamó a «acabar con las tensiones políticas» en el país.
¿Extraño? Puede ser, pero no imposible, el Partido de los Trabajadores atraviesa una grave crisis de credibilidad y no hay a la vista ningún candidato potable para las próximas elecciones presidenciales.