Los regalos fueron particularmente abundantes: un grupo asiático dio al Papa un busto de bronce y un obispo le trajo un ícono de la Madre Teresa, a quien el Papa proclamará beata el domingo.
Durante su discurso, que leyó sólo en parte, Juan Pablo II dijo que las oraciones vespertinas «piden ayuda divina para toda categoría de personas, para la comunidad cristiana y para la sociedad civil, y se recuerda a los fieles difuntos».
Esa liturgia -recordó- se corona con el Padrenuestro porque «el sol no debe ponerse sobre la ira de nadie» y los hombres «deben reconciliarse fraternalmente».
«La oración vespertina, en sintonía con Cristo crucificado, expresa la entrega de nuestra existencia a manos del Padre, conscientes de que su bendición nunca falta», concluyó el Papa.
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