ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

13 de septiembre 2002 - 00:00

La compleja tarea de convencer al Congreso

ver más

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

En eso quedó la evidencia irrefutable, que hasta para los republicanos más recalcitrantes resultó insatisfactoria. «Queremos apoyarlo, pero lo que se nos ha presentado es insuficiente», dijo a Rumsfeld el senador de Oklahoma Don Nickles, el segundo en importancia de la bancada republicana del Senado. Al día siguiente, los senadores recibieron frenéticas llamadas desde la Casa Blanca y el Departamento de Estado para evaluar el daño causado por de la vaguedad del secretario de Defensa. La conclusión es que no ocurrió nada que no pueda ser reparado, aunque el desastre del salón S-407 indica que al presidente le falta mucho por hacer si su intención es convencer al Congreso y a la opinión pública que librar una guerra contra Irak realmente será en aras del interés nacional. Normalmente, el Congreso le concede a un comandante en jefe del Estado Mayor que goce de buena popularidad cualquier cosa que le sea requerida, pero en este caso el presidente y su gabinete deberán sortear a una montaña de reticencias. El demócrata Tom Daschle, líder de la mayoría del Senado, ha formulado su crítica de la siguiente manera: «Prefiero hacer las cosas bien antes que hacerlas rápido».

En este caso, no se trata de una aventura militar más, sino una guerra como ninguna otra que EE.UU. haya librado. Bush y compañía no están respondiendo a una violación de la soberanía nacional ni tampoco a un ataque en contra sus intereses o contra sus propios ciudadanos. El presidente la ha definido como una invasión «preventiva» contra un país que (por lo pronto) no ha atacado a EE.UU. o a sus aliados.

No es de sorprender que no haya consenso: una reciente encuesta de Pew Research Center demostró que mientras un 64% de los estadounidenses apoya el uso de fuerza militar para derribar a Saddam Hussein, dicho apoyo disminuye al 30% en caso que EE.UU. lo haga sin la ayuda de sus aliados. Durante esta semana se conmemora una fecha en que Estados Unidos recuerda la letal naturaleza de sus enemigos. Lo que no está del todo claro es si al presidente le será más fácil o más difícil comparecer ante las Naciones Unidas, y la opinión pública de su propio país, para defender su plan para continuar la guerra contra el terrorismo iniciando otra guerra más. A un año de los sucesos del 11 de setiembre, no se sabe si Bush está obligado a demostrar un vínculo entre Saddam y Osama bin Laden, o si le bastará con los sombríos recuerdos que tienen los estadounidenses de la saña de sus enemigos. Con cada discurso, con cada reunión con los líderes del Congreso y los editoriales que se publican, el gobierno se dirige a una opinión pública que siente curiosidad pero también confusión. ¿Es realmente necesaria esta guerra? ¿Debe ser librada justo ahora? ¿Estará EE.UU. solo en esta conflagración? ¿Traerá consecuencias, como más ataques terroristas en casa y en el extranjero?

El gabinete de Bush intenta responder a estas preguntas dando a entender que la guerra, aunque terrible, es la solución menos costosa, y cuando menos en Washington se tiene la sensación de que Bush se saldrá con la suya. Pero los problemas no han sido ventilados del todo, y el debate se ha dado únicamente en el seno del partido y el equipo de asesores del presidente, y entre los veteranos del gobierno de su padre. Los demócratas prefieren no hablar de los méritos de la invasión, posiblemente porque ya hay muchos republicanos que lo hacen sí mismos. (Y tal vez porque los demócratas aún lamentan haber votado en contra de la campaña que libró Bush padre contra Saddam.)



Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias