Hugo Chávez, con la lectura de algunos textos de divulgación del marxismo (seguramente no por la lectura de «El capital», un libro complejo), realizadas probablemente cuando estuvo preso, se ha convertido a aquél, con la fe mesiánica que genera Marx por su profecía histórica acerca de una sociedad sin clases, donde el hombre, como decía Engels, da el salto de la necesidad a la libertad (un estado social donde haya de todo para todos).
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Esto significa que hace pleno uso de las posibilidades de producción que permite el avance de la técnica. ¿Por qué la propiedad privada de los medios de producción («capitalismo») impide llevar a cabo esta posibilidad? Porque en este sistema social se produce en función del mercado y no de la sociedad (el «progresismo» revela sus huellas procedentes del marxismo cuando plantea un conflicto entre mercado y sociedad). Con esto se está hablando de la discrepancia entre medios limitados y necesidades múltiples, que determina, según la ciencia económica, la necesidad del comportamiento que constituye el objeto mismo de esta ciencia, es decir, administrar los recursos escasos, de tal forma que se logre un equilibrio entre la satisfacción de las diversas necesidades.
Dicho en otras palabras, más contundentes, en el « capitalismo» impera la escasez, y en el comunismo, la abundancia. Esto creían firmemente los líderes de la revolución de octubre de 1917, que instauraron la socialización (estatización) de todos los medios de producción, con el fin de alcanzar el paraíso en la Tierra.
Se sabe cómo terminó esa experiencia, siete décadas después. Nos preguntamos: ¿no sabe esto Chávez, dedicado hoy frenéticamente a estatizar la economía venezolana y a imponer a todo el mundo el «estudio del marxismo». Pareciera que no, porque en su deslumbramiento con el comunismo, se permitió recomendarle a Vladimir Putin la vuelta a este sistema. El líder ruso, que encamina a su país, a su modo, al capitalismo, seguramente le dirigió una mirada condescendiente.
¿La revolución rusa fracasó en su intento de alcanzar una sociedad de abundancia y sin clases porque en el camino se pervirtió, o porque el fracaso estaba en la índole de su proyecto? A nuestro juicio, lo segundo es la verdad.
Y el fracaso radica en el propio pensamiento de Marx, quien consideraba que el óptimo económico no se alcanzaba vía productividad (disminuir los insumos requeridos por unidad de producto), sino aumentando la producción de todas las cosas que satisfacían necesidades. Marx ignoró en su famoso análisis de la plusvalía (ganancia de la empresa) la escasez entendida en el sentido ya apuntado, lo que lo condujo a conclusiones sobre la evolución del capitalismo ampliamente refutadas por el surgimiento, en el último medio siglo, de la denominada «sociedad opulenta» en los países desarrollados, en los que rigen economías de mercado, frente al claro fracaso del colectivismo, incapaz de satisfacer las demandas de consumo del imperio soviético. Esto generó su colapso, a fines de la década del 80.
Si en la economía de mercado, una innovación tecnológica no se inserta en el proceso productivo es porque la relación costobeneficio no lo permite, no porque se tema a la bancarrota de los precios por exceso de oferta. Esta confusión entre técnica y economía, más frecuente de lo que se cree, es la fuente del magnetismo que ejercía, y todavía ejerce, el marxismo.
Hechizado con la utopía de la sociedad sin clases, con el «hombre nuevo» (prédica permanente del Che Guevara), Chávez está avanzando con rapidez en la colectivización de la economía, lo que generará, además de grandes conflictos, un gran despilfarro de recursos.
(*) Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
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