En Estados Unidos, las elecciones de medio término suelen traer malas noticias para el presidente. Desde 1862 hasta 2022 se celebraron 41 de estas elecciones, conocidas como midterms. En 37 de ellas, el partido gobernante perdió bancas en la Cámara de Representantes. La reiteración es tan notable que algunos hablan de una verdadera maldición electoral.
Ronald Reagan perdió 26 bancas en 1982 y obtuvo una victoria presidencial abrumadora dos años después. Bill Clinton perdió 54 bancas y el control de la Cámara en 1994, pero fue reelegido en 1996. Barack Obama sufrió una derrota todavía mayor en 2010: los demócratas perdieron 63 bancas. Dos años después, Obama consiguió su reelección.
Trump también conoce esa experiencia. En 2018, durante su primera presidencia, los republicanos perdieron el control de la Cámara de Representantes. Dos años después fue derrotado por Joe Biden, pero regresó a la Casa Blanca en enero de 2025.
Los antecedentes permiten distinguir dos cuestiones que suelen confundirse: el rechazo electoral a un gobierno y el futuro político de quien lo encabeza.
¿Por qué se repite este fenómeno? Una explicación es el voto castigo. Las midterms ofrecen la posibilidad de expresar el descontento con el gobierno sin esperar a la siguiente elección presidencial.
También influye lo que los especialistas llaman surge and decline. En las elecciones presidenciales, la presencia de los candidatos moviliza a millones de votantes. Dos años después, parte de ese electorado deja de concurrir a las urnas. Los opositores, en cambio, suelen tener mayores incentivos para participar.
El próximo 3 de noviembre, Trump enfrentará esa tradición histórica desde una posición particular. Desde su regreso al poder, ha contado con mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso y con una Corte Suprema de mayoría conservadora. Seis de sus nueve integrantes se reconocen conservadores; tres de ellos fueron designados por el propio Trump durante su primera presidencia. Los otros tres jueces, considerados liberales, fueron nombrados por presidentes demócratas.
La coincidencia le ha permitido impulsar su agenda en condiciones políticas favorables, aunque la Corte conserva su independencia y no siempre ha acompañado las posiciones de la Casa Blanca.
Esa situación podría cambiar sustancialmente después de las elecciones.
Los republicanos disponen de 53 bancas en el Senado, frente a 47 demócratas e independientes aliados. En la Cámara de Representantes, su mayoría es mucho más estrecha. Los demócratas necesitan una ganancia neta relativamente pequeña para recuperar el control.
La diferencia entre ambas elecciones es importante. En la Cámara baja se renuevan los 435 escaños y el clima político nacional tiene una influencia considerable. En el Senado, donde se renueva aproximadamente un tercio de las bancas, el resultado depende de cuáles son los estados que votan ese año.
Los demócratas necesitan defender sus escaños en Georgia y Michigan. Al mismo tiempo, buscan conquistar bancas republicanas en Maine, Carolina del Norte y Ohio. Texas, Iowa y Alaska presentan una dificultad mayor: una victoria opositora en esos estados indicaría que el cambio en las preferencias electorales se extiende a territorios de fuerte tradición republicana.
Después del 3 de noviembre pueden configurarse tres escenarios principales.
Si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump mantendrá una ventaja política considerable. Podrá continuar impulsando su agenda legislativa, aunque seguirá dependiendo de mayorías estrechas y de los acuerdos internos de su partido.
Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes y los republicanos retienen el Senado, la situación será muy distinta. La oposición podrá bloquear iniciativas legislativas, controlar comisiones, exigir documentación y convocar a funcionarios a declarar. Las investigaciones parlamentarias volverán a ocupar un lugar importante en Washington.
En ese escenario podría reaparecer el fantasma del impeachment.
Trump ya fue sometido dos veces a juicio político durante su primera presidencia, en 2019 y 2021. En ambas oportunidades la Cámara de Representantes aprobó las acusaciones y el Senado lo absolvió.
La Constitución establece que una acusación puede aprobarse por mayoría simple en la Cámara baja, pero la destitución exige el voto de dos tercios de los senadores presentes. Una mayoría demócrata podría, por lo tanto, iniciar un nuevo procedimiento sin disponer de los votos necesarios para remover al presidente.
El impeachment podría convertirse nuevamente en una bandera política de la oposición, aun cuando las posibilidades de destitución fueran remotas.
El tercer escenario sería una victoria demócrata en ambas cámaras. Trump enfrentaría entonces un Congreso opositor, con capacidad para bloquear nombramientos, condicionar las negociaciones presupuestarias e intensificar el control sobre su administración.
El Senado tiene, además, una atribución particularmente relevante: confirmar los nombramientos presidenciales, incluidos los jueces federales y los integrantes de la Corte Suprema. Una mayoría demócrata podría impedir que Trump cubriera eventuales vacantes con candidatos de su preferencia.
El presidente conservaría, desde luego, sus atribuciones constitucionales y el poder de veto. Los demócratas tampoco podrían imponer libremente su programa, ya que muchas iniciativas requieren acuerdos que superan la mayoría simple del Senado.
Hay una circunstancia adicional que distingue esta elección de las que enfrentaron Reagan, Clinton u Obama. Trump no podrá presentarse nuevamente como candidato presidencial en 2028. La 22.ª Enmienda de la Constitución impide que una persona sea elegida presidente más de dos veces.
Por eso, el resultado del 3 de noviembre determinará las condiciones en las que Trump ejercerá los últimos dos años de su presidencia. Puede conservar el respaldo de ambas cámaras, verse obligado a negociar con una Cámara opositora o enfrentar un Congreso enteramente controlado por los demócratas.
Trump inició su segunda presidencia con el control republicano de ambas cámaras del Congreso y una Corte Suprema de mayoría conservadora. El 3 de noviembre podría perder una parte decisiva de esa ventaja. Seguirá ocupando la Casa Blanca, pero quizá deba aprender a gobernar con un Congreso dispuesto a ponerle límites.
Jorge Argüello. Presidente Fundación Embajada Abierta
Ex Embajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde
Ex Sherpa de la Argentina en el G20