Caracas - Los barrios (villas miseria) ya son parte del paisaje y la cultura urbanos de Venezuela. Como las favelas brasileñas, se asientan en las laderas y los altos de los cerros y es lo primero que se ve a medida que el avión busca aterrizar en el aeropuerto de Maiquetía.
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Los barrios se suceden, desordenados, durante todo el trayecto de la autopista que une el aeropuerto internacional con la capital de Venezuela. Los habitantes de barrios como Caucagüita no tienen servicios corrientes. Al igual que las villas de emergencia argentinas, «se cuelgan» de la luz.
El agua llega, cada 15 días, por cañerías precarias. El suministro dura escasas 24 horas y de ahí que en los «días de agua» se aprovecha para lavar toda la ropa, llenar tanques, pequeñas cisternas y tambores. Las calles aparecen mojadas y el agua desbordada va arrastrando la basura barranca abajo, limpiando todo a su paso.
Caracas está rodeada por barrios pobres en sus cuatro puntos cardinales. En lo alto, casi mirándose a los ojos, viven cerca y disputándose el protagonismo del paisaje increíble y el aire más puro, los pobres y los bien ricos, que pagan carradas de dólares por los terrenos donde levantan sus mansiones/fortalezas.
Diferencia abismal
En este caos de la arquitectura urbana, donde los dos extremos están casi tocándose, la diferencia social -abismal, en su acepción más literal-se hace evidente en la temporada de lluvias. Como los pobres no pueden, desde ya, pagar los onerosos estudios de suelo, construyen donde más les gusta, que es en primera fila y casi sobre el filo de la montaña.
Levantan casas de dos, tres, hasta cuatro pisos, que balconean sobre el precipicio. Cuando vienen las tempestades, barrios enteros son arrastrados con el barro y la selva. Son los deslizamientos. Los más catastróficos fueron los de diciembre de 1999, en los que murieron cerca de 50.000 personas.
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