Laborista audaz que descubrió el mercado

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Madrid - Para acallar a sus enemigos, Tony Blair no tiene más que recordarles su historial de éxitos, que se resumen en uno solo: es el único laborista que ha ganado tres elecciones consecutivas. Llegó al 10 de Downing Street el 2 de mayo de 1997, poniendo fin a un « reinado» conservador de 18 años. Considerada una «década mágica» para sus admiradores, sus críticos abominan de ella por dejar moribunda a la izquierda en Gran Bretaña y por echarse sin ningún tipo de pudor en los brazos del «amigo americano».

A diferencia de los primeros ministros conservadores que lo precedieron en el cargo -Margaret Thatcher y John Major-, Blair no estudió en un colegio público. Nacido en 1953 en Edimburgo, siempre recibió una educación esmerada... y privada. En su ciudad natal escocesa se formó en el prestigioso colegio Fettes, y luego se hizo abogado en Oxford.

Después de dejar las aulas en 1975, se especializó en derecho laboral en el bufete de un abogado laborista. Desempeñando esas funciones conoció a una joven católica, Cherie Booth, con quien se casó en 1980. Parece ser que la influencia de Cherie fue decisiva para que el joven se dedicara a la política. Y de una forma imparable. La inesperada muerte el 12 de mayo de 1994 del entonces dirigente laborista, John Smith, lo catapultó a la primera fila del partido. A sus 41 años se convertía en el líder más joven en la historia de la formación.

El ala más izquierdista nunca le perdonará esos primeros años de liderazgo. El ex abogado dio por tierra a lo que se había demostrado en realidad casi como una política suicida de compromiso sindical. Blair, con su indiscutible encanto de encendido orador, se acercó al empresariado, entonó cánticos de alabanza a un neoliberalismo bien entendido, atrajo al electorado de centro y dio la puntilla al devaluado poder conservador.

El resultado se materializó en tres victorias consecutivas en las urnas: 1997, 2001 y 2005. Y dos fueron las palabras talismán que hicieron posible el éxito: Nuevo Laborismo y tercera vía. El nuevo credo escandalizaba al sector más ortodoxo del partido, pero atraía a un votante castigado por décadas de ajuste «tory». «El país necesita más gente capaz de hacerse rica gracias a todo el dinero que pueda ganar», decía el flamante primer ministro. De nuevo su juventud actuaba como un imán sobre una sociedad deseosa de cambio. Con 43 años, marcaba un nuevo hito en la política británica al ser el primer ministro más joven desde Lord Liverpool, en 1812.

  • Pragmatismo

    Basándose en las teorías del profesor Anthony Giddens, fue ajustando su programa de gobierno hacia un pragmatismo que acuñó un apelativo nada cariñoso y del que siempre ha renegado: «Hijo de Thatcher». Giddens sentó las bases de un nuevo y «light» izquierdismo en su obra de 1998: «La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia». Las recetas básicas eran la reforma del estado del bienestar para salvar lo poco que los conservadores habían dejado en pie, el seguidismo a los rígidos dictados que imponía la globalización económica y una vocación internacionalista frente al aislacionismo propio de los «tories».

    Quizá la única concesión hacia la izquierda tradicional era la decidida apuesta por la educación como motor de progreso. En un primer momento, la tercera vía lo acercó a líderes como el socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, pero en general la izquierda europea veía con recelos la presunta renovación isleña.

    La «especial relación» que ha marcado tradicionalmente la política de Londres hacia Washington ha sido un eje fundamental para comprender la «década Blair». No sólo la izquierda le ha reprochado su entrega hacia la política militarista de la Casa Blanca. El líder sudafricano Nelson Mandela dijo: «Blair es el ministro de Exteriores de Estados Unidos».

  • Factura

    El propio Bush, con las cenizas aún calientes de las Torres Gemelas, agradeció el compromiso del británico en la lucha que comenzó tras el 11-S: «EE.UU. no tiene otro amigo más sincero que Gran Bretaña».

    De hecho, y como ya sucedió en España y en los propios Estados Unidos, la Guerra de Irak le pasó factura al primer ministro. En estos días, Blair anda empeñado en lavar esa imagen «guerrera».

    Ese decidido apoyo a la guerra no sólo le valió la división de su partido ni el castigo en las encuestas. En julio de 2005, una serie de atentados suicidas en el metro londinense acabaron con la vida de 52 personas.

    Sin embargo, el reciente acuerdo, el 26 de marzo, entre los republicanos y los unionistas norirlandeses para compartir el poder ha constituido un innegable éxito que lo eleva entre muchos de sus conciudadanos como «hombre de paz».

    Con el anuncio de su retirada, Blair se une a los que han sido sus compañeros de viaje en la política internacional: Schröder, Berlusconi, Chirac, Aznar, Bush (pronto)... Deja los deberes hechos en el terreno doméstico. Las inversiones han revitalizado los servicios públicos, aunque ello no ha impedido un cada vez menor entusiasmo del electorado laborista. Se ufana de haber creado 2,5 millones de puestos de trabajo y de haber luchado contra la pobreza infantil en el período más largo de crecimiento económico «en 200 años». Pero su popularidad no rebasa 30%, cuando antes había batido récords. El resultado es que los conservadores de David Cameron parten favoritos por primera vez en la «década prodigiosa» frente a su más que probable sucesor, Gordon Brown.

    A sus 54 años, con cuatro hijos, ya ha elegido su retiro londinense. Una magnífica mansión en Connaught Square, cerca de Hyde Park, valorada en unos 5 millones de euros. Haciendo gala de su particular pragmatismo, sus ilustres vecinos ya se están quejando a la prensa de los «ruidos y olores» que conllevará el traslado desde Downing Street. El matrimonio Blair pretende reformar la terraza del ático, y los vecinos se quejan de que recibirán menos luz en sus hogares. También se temen el olor a fritanga que despedirá la futura barbacoa de Tony y Cherie.
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