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El respaldo
irrestricto de
Tony Blair a la
política
internacional
de George W.
Bush estuvo
en línea con
la tradición
diplomática de
Gran Bretaña,
pero terminó
jugándole en
contra ante la
opinión
pública
cuando se
acumularon
los traspiés en
Irak.
Basándose en las teorías del profesor Anthony Giddens, fue ajustando su programa de gobierno hacia un pragmatismo que acuñó un apelativo nada cariñoso y del que siempre ha renegado: «Hijo de Thatcher». Giddens sentó las bases de un nuevo y «light» izquierdismo en su obra de 1998: «La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia». Las recetas básicas eran la reforma del estado del bienestar para salvar lo poco que los conservadores habían dejado en pie, el seguidismo a los rígidos dictados que imponía la globalización económica y una vocación internacionalista frente al aislacionismo propio de los «tories».
Quizá la única concesión hacia la izquierda tradicional era la decidida apuesta por la educación como motor de progreso. En un primer momento, la tercera vía lo acercó a líderes como el socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, pero en general la izquierda europea veía con recelos la presunta renovación isleña.
La «especial relación» que ha marcado tradicionalmente la política de Londres hacia Washington ha sido un eje fundamental para comprender la «década Blair». No sólo la izquierda le ha reprochado su entrega hacia la política militarista de la Casa Blanca. El líder sudafricano Nelson Mandela dijo: «Blair es el ministro de Exteriores de Estados Unidos».
El propio Bush, con las cenizas aún calientes de las Torres Gemelas, agradeció el compromiso del británico en la lucha que comenzó tras el 11-S: «EE.UU. no tiene otro amigo más sincero que Gran Bretaña».
De hecho, y como ya sucedió en España y en los propios Estados Unidos, la Guerra de Irak le pasó factura al primer ministro. En estos días, Blair anda empeñado en lavar esa imagen «guerrera».
Ese decidido apoyo a la guerra no sólo le valió la división de su partido ni el castigo en las encuestas. En julio de 2005, una serie de atentados suicidas en el metro londinense acabaron con la vida de 52 personas.
Sin embargo, el reciente acuerdo, el 26 de marzo, entre los republicanos y los unionistas norirlandeses para compartir el poder ha constituido un innegable éxito que lo eleva entre muchos de sus conciudadanos como «hombre de paz».
Con el anuncio de su retirada, Blair se une a los que han sido sus compañeros de viaje en la política internacional: Schröder, Berlusconi, Chirac, Aznar, Bush (pronto)... Deja los deberes hechos en el terreno doméstico. Las inversiones han revitalizado los servicios públicos, aunque ello no ha impedido un cada vez menor entusiasmo del electorado laborista. Se ufana de haber creado 2,5 millones de puestos de trabajo y de haber luchado contra la pobreza infantil en el período más largo de crecimiento económico «en 200 años». Pero su popularidad no rebasa 30%, cuando antes había batido récords. El resultado es que los conservadores de David Cameron parten favoritos por primera vez en la «década prodigiosa» frente a su más que probable sucesor, Gordon Brown.
A sus 54 años, con cuatro hijos, ya ha elegido su retiro londinense. Una magnífica mansión en Connaught Square, cerca de Hyde Park, valorada en unos 5 millones de euros. Haciendo gala de su particular pragmatismo, sus ilustres vecinos ya se están quejando a la prensa de los «ruidos y olores» que conllevará el traslado desde Downing Street. El matrimonio Blair pretende reformar la terraza del ático, y los vecinos se quejan de que recibirán menos luz en sus hogares. También se temen el olor a fritanga que despedirá la futura barbacoa de Tony y Cherie.




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