Richardson y Fiennes en «La condesa blanca» de James Ivory: todo tiempo pasado fue mejor.
«La condesa blanca» («The White Countess», G.B. EE.UU., Alem. China, 2005: habl. en inglés). Dri.: J. Ivory. Int.: R. Fiennes, N. Richardson, V. Redgrave, L. Redgrave, H. Sanada y otros.
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El cine de James Ivory, con el paso de los años, empieza a parecerse a las porcelanas de la abuela. Es de un material noble y refinado, pero más apto para conservar en un mueble apartado y protegido que para usarlo a diario. Si sus películas de hace diez y quince años, en especial «La mansión Howard» y «Lo que queda del día», aunaban opulencia visual con vigorosa planta dramática, sus últimos títulos se van deslizando hacia lo que parecería un pequeño Visconti reumático.
«La condesa blanca», última de sus colaboraciones con el productor Ismail Merchant ( fallecido el año pasado), no le escapa a ese aire de cansancio: curiosa paradoja para un film que no ahorró gastos ni esfuerzos en trasladar una enorme cantidad de recursos humanos y técnicos a la China, y ambientar allí un argumento que transcurre en tiempos convulsionados, los preliminares de la Segunda Guerra Mundial y la amenaza de la invasión japonesa. Pese a todo ello, su desarrollo es lánguido, y los destellos de auténtica pasión son más escasos de lo que hubiera sido ideal.
Sin embargo, gracias a algunas de sus virtudes, la película no defraudará al público de paladar inclinado al cine de época, bien vestido y decorado, con fondo de densas encrucijadas dramáticas. Firmado su guión por Kazuo Ishiguro (el autor de la novela en que se basó «Lo que queda del día»), «La condesa blanca» une los destinos de dos personajes a la deriva en la Shangai de 1936 (ciudad icónica en la mitología del siglo XX a la que adhiere el film de Ivory).
Ellos son la condesa rusa Sofia Belinskya (Natasha Richardson), una viuda de estirpe, ahora en desgracia, y el ex embajador norteamericano Todd Jackson, ciego y extraviado en la utopía de inaugurar el «bar perfecto», papel a cargo de Ralph Fiennes (actor que parece condenado a repetir eternamente su «paciente inglés» en escenarios exóticos). Sofia, por culpa de la revolución bolchevique, ha debido cambiar privilegios por una vida miserable y riesgosa. No sólo se ve obligada a trabajar en Shangai como alternadora en un club nocturno, sino que además su familia, que sobrevive gracias a ella (la madre es Vanessa Redgrave, como en la vida real, y su suegra es su tía Lynn Redgrave) la humillan por su oficio prostibulario.
El único consuelo de Sofia es su pequeña hija Katya (Madeleine Daly), hasta que el azar, y una conversación oportunamente escuchada por Jackson, le proporcionan un segundo refugio. El entramado de lealtades y traiciones se completa con la figura del japonés Matsuda (Hiroyuki Sanada), un personaje más desconfiable que el de los extranjeros en «Casablanca». La media hora final de la película (que dura extensos 138 minutos) es la más vivaz y justificable.
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