Responder a la pregunta de quién es en realidad Hugo Chávez implica sumergirse en los claroscuros de sus 53 años de vida, conocer su formación, adentrarse en el entorno familiar y social de su infancia y de su adolescencia, repasar su particular carrera militar, para, finalmente, cruzar todo ello con los vaivenes de la historia reciente de Venezuela.
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¿Nacionalista revolucionario? ¿ Socialista de nuevo cuño? ¿Comunista desde siempre agazapado? ¿Heredero y continuador de Fidel Castro? ¿O, simplemente, un nuevo caudillo militarista latinoamericano más?
Quien escribe esto tuvo la oportunidad de entrevistar a Chávez para Ambito Financiero a fines de marzo de 1995, poco después de que hubo sido indultado por Rafael Caldera por sus fallidos intentos golpistas de 1992. De discurso tan espeso como el actual pero más formal, mucho más flaco (algo que hace verosímil el apodo de «Tribilín» que lo acompañó en su infancia), se presentaba entonces con el único y vidrioso rótulo de «bolivariano».
Llegó en esa ocasión a la Argentina invitado por la agrupación del ex «albatros» Raúl de Sagastizábal para conmemorar el 13° aniversario de la Guerra de las Malvinas. ¿Una definición ideológica, acaso? Sí, pero relativa y, como se vio, para nada definitiva.
Ejemplo
Su discurso machacaba entonces con el ejemplo de Bolívar, con la necesidad de la integración latinoamericana, contra la corrupción de la clase política y de las elites militares, y contra el neoliberalismo. De socialismo doctrinario, ni una palabra.
Hasta se permitió, ya en campaña para las elecciones que disputaría en 1998 y que finalmente ganaría, conversar con los directivos de empresas argentinas con intereses en Venezuela como Techint, Pérez Companc y Astra, a quienes prometió igual tratamiento que a los capitales venezolanos. Las privatizaciones eran una tendencia general en esa época en la región, pero él cuestionaba que se las practicara «a ultranza» y proponía apenas «moderar el liberalismo».
En este punto se abren las dos concepciones predominantes sobre el fenómeno Chávez: quienes dicen -como Cristina Marcano y Alberto Barrera- que siempre fue un comunista solapado, cuyas verdaderas intenciones simplemente se revelaron cuando consumó con éxito sus conspiraciones, y otros -como Modesto Emilio Guerrero- que ven un personaje en permanente cambio, que a lo largo de su vida fue sincretizando sobre la marcha todo su bagaje personal y los cambios sociales de la Venezuela que le tocó vivir.
Según afirma este último autor en su libro «¿Quién inventó a Chávez?», «hasta enero de 2005 (...) siempre se definió con los siguientes apellidos: 'revolucionario', 'antiimperialista', 'nacionalista', ' bolivariano', 'radical', 'nacionalista de izquierda', 'revolucionario latinoamericano'. Se encargó de aclarar que no era 'marxista ni antimarxista', ni 'comunista' ni ' anticomunista'». No fue hasta la fecha mencionada que se declaró «socialista» en el Foro de Porto Alegre.
Esta segunda concepción permite entender mejor aquellos antecedentes, así como sus posteriores coqueteos ideológicos con el argentino Norberto Ceresole y hasta con la Tercera Vía, para «evolucionar» luego a su alianza con Fidel Castro y a su « socialismo del siglo XXI». Hay que notar que esto último implica una «herejía» para el marxismo oficial. Hablar de una adaptación de la doctrina a los nuevos tiempos implica admitir el fracaso de su versión original y, aunque no lo diga, convertir a su mentor Castro en poco más que una pieza de museo.
Esta interpretación de un personaje en continua mutación es compatible también con la construcción política aluvional que encarnó el ex coronel, que con el tiempo recuperaría de su adolescencia y del ambiente venezolano de los años 60 y sobre todo 70 el ideario de una izquierda que, tras su derrota armada, confluyó con el nacionalismo revolucionario e intentó adueñarse de los íconos de la independencia nacional, con Simón Bolívar a la cabeza.
Audacia
La alquimia es en verdad sorprendente, sobre todo si se recuerda que, cada vez que trató la figura del Libertador, Karl Marx lo describió como un dictador bonapartista, más aristocrático que popular, y hasta le adjudicó un racismo mal disimulado. Es más, en una carta a Friedrich Engels fechada el 14 de febrero de 1858, lo describió como el «canalla más cobarde, brutal y miserable».
De cualquier manera, la audacia tenía un hilo conductor: la idea de Bolívar como un luchador antiimperialista cuya tarea, completada frente a los poderes de su época, debe ser continuada hoy contra EE.UU. y el mundo capitalista.
En este Chávez en permanente mutación conviven el niño pobre del interior de Venezuela y su fascinación y posterior justificación juvenil de su bisabuelo materno, el caudillo rural «Maisanta». También sus lecturas adolescentes de marxismo en la casa de Barinas del ex guerrillero comunista José Esteban Ruiz -Guevara- que no dieron lugar a una militancia propiamente dicha y sus inicios sin vocación en el Ejército. El crecimiento en paralelo de sus inquietudes sociales, su vivencia de la cultura setentista, su aspiración de liderar una revolución -inicialmente indefinida-, hechos compatibles, en definitiva, con el clima que se vivía en una de las fuerzas militares de base más «plebeya» de América latina. Su visión del estallido de febrero de 1989 -el «Caracazo»-, la descomposición de los partidos tradicionales, el colapso de la economía nacional, sus asonadas fallidas, su ascenso en las encuestas, la llegada al poder... Una construcción vertiginosa y sincrética, en algún sentido caótica, que aplicó la democracia para concentrar fabulosamente el poder, que se fue reformulando a sí misma ante cada giro de la historia nacional y mundial.
Este es Hugo Chávez. Tras el desenlace de ayer, Venezuela (y América latina) esperan, convulsionadas, su próxima mutación.
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