Le pen: ¿enfermedad o síntoma?
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El crecimiento de la ultraderecha francesa provocó furia en amplios sectores sociales.
Los socialistas y el neogaullista RPR de Chirac deben asumir su propia responsabilidad por la vergonzosa situación que atraviesa Francia. Si algo está claro es que la izquierda, vencida y a la deriva desde que Jospin anunciara su retiro de la vida política en la noche de las elecciones, se llevará la peor parte. Sus pérdidas sin precedentes sugieren a muchos observadores que el gobierno, los encuestadores y la prensa vivían en un mundo de fantasía. «Hasta el domingo pasado sentías que Francia se adaptaba al mundo moderno con menos víctimas que en otros lados», dice Claude Askolovitch, que escribió un libro sobre el Frente Nacional y una biografía de Jospin. «Pero ahora parece que sufrimos tanto como el resto y no nos dimos cuenta.»
¿Cómo pudo ser? Parte del problema, argumenta Askolovitch, fue que los socialistas y sus socios pergeñaron sus políticas en los recintos cerrados de los consejos de gobierno, y no en debates públicos. «Jospin presidió sobre una especie de izquierda a la María Antonieta, con dirigentes que se trasladan en taxi y jamás experimentaron la odisea que es viajar en autobús hoy en día», dice el filósofo Alain Finkiel-kraut. «Ellos consideraban a los perpetradores de delitos en Francia como víctimas del sistema. Es la fanática resistencia de la ideología ante la realidad.»
Ahora que todos buscan un chivo expiatorio, muchos en la izquierda aseguran que el problema de la delincuencia fue una invención demagógica de la prensa, de Chirac o de su antiguo compañero Jean-Pierre Chevènement, cuyo Movimiento Ciudadano, de izquierda nacionalista, recibió 5,33 por ciento de los votos. Al exagerar el problema, según este argumento, abonaron el terreno para la virulenta semilla xenófoba de Le Pen.
Aunque mortalmente debilitados, los socialistas siguen siendo la base de la izquierda, y saben que deberán aferrarse a otros sectores izquierdistas para evitar una desbandada en los comicios legislativos. Durante los cinco años del gobierno de Jospin, la fórmula ingeniosa del éxito fue la gauche plurielle, un flexible proceso de consultas que permitió a Jospin contar con el respaldo parlamentario de partidos rivales de izquierda, como el de Chevènement, los verdes, el Partido de la Izquierda Radical y el Partido Comunista. La alquimia duró cinco años, pero fue sometida a una prueba rigurosa por una campaña presidencial en la cual los cinco presentaron candidatos propios, muchos de los cuales atacaron a Jospin. La derrota de Jospin en la primera vuelta selló la suerte de la alianza para siempre. «La gauche plurielle ha muerto», declaró el diputado socialista Jean-Christophe Cambadélis, diseñador principal del concepto. «Nuestros socios cortaron el lazo.»
En su lugar, el secretario general socialista, François Hollande, imagina una «izquierda unida» más disciplinada. La idea es presentar un candidato único de izquierda en los aproximadamente 100 distritos electorales que podrían volcarse a la derecha, pero aún resta la ardua tarea de discutir cuáles candidatos quedarán y cuáles no. Los socialistas no están de ánimo para hacerles el gusto a quienes consideran socios díscolos cuyo egoísmo les robó las elecciones presidenciales. Y aunque los moribundos comunistas no están en posición de rechazar nada, los verdes creen que su mejorado desempeño merece mayor respeto.
Aunque los socialistas logren reunir a las alicaídas tropas de la izquierda bajo una sola bandera, la interrogante está en saber cuál habrá de ser su lema. Jospin, quien se autoexcluyó de la discusión, sólo ofreció a sus camaradas este consejo críptico: «Intenten estar en la realidad, no en los mitos». ¿Pero qué realidad? A corto plazo, los socialistas deben recuperar a los trabajadores que perdieron ante Le Pen y la extrema izquierda. Pero las fuerzas del mercado, afianzadas por la presión liberalizadora de Bruselas, sugieren que los socialistas franceses finalmente deberán adoptar un perfil más centrista, como el de los socialdemócratas alemanes o incluso del Nuevo Laborismo británico.
El desorden en la izquierda es una buena señal para Chirac, aunque no le falten problemas. En una consolidación paralela, su partido abogó la semana pasada por la creación de una nueva Unión por la Mayoría Presidencial con el fin de superar las arraigadas divisiones en la derecha legislativa. Pero dirigentes de los partidos más pequeños se resisten. François Bayrou, al frente del centrista UDF y que quedó cuarto en la primera vuelta presidencial, dijo que el nuevo grupo equivale a una «declaración de guerra» si implica derribar las estructuras de su propio partido. A medida que se aproximan las elecciones legislativas, la resistencia a la unión tanto en la izquierda como la derecha podría ceder bajo la presión del Frente Nacional de Le Pen. Un análisis del resultado de la semana pasada por parte del instituto encuestador CSA sugiere que las fuerzas de Le Pen podrían pasar a la segunda vuelta de los comicios legislativos en 237 de los 555 distritos metropolitanos de Francia. Y hasta en 319 si logran negociar una coalición electoral con el partido de Mégret. «Los comicios legislativos no serán una batalla entre izquierda y derecha», afirma Perrineau. «Serán una batalla entre izquierda, derecha y extrema derecha.» Esa ecuación debería favorecer a la izquierda, pero las encuestas de Perrineau indican que dos tercios de los electores no quieren cinco años más de concubinato entre Chirac como presidente y un Parlamento de izquierda. Y a menos que los socialistas descubran una manera de motivar a los electores tras su derrota en las elecciones presidenciales, tendrán dificultades para imponerse a los conservadores de Chirac.
Cuál será el grado de dificultad recién podrá vislumbrarse el domingo con la segunda vuelta presidencial. Aunque Chirac tiene casi asegurada una abrumadora victoria sobre Le Pen, sabe que muchos de esos votos le llegarán por descarte. «Para mí y muchos otros será un acto de heroísmo votar por Chirac», afirma Hélène Weil, de 64 años, gerente de un bufete de abogados en la parisina Rue de Rivoli. Aunque no salió a manifestarse por las calles, siente la misma sensación de vergüenza por Francia que muchos más expresan con rabia. «Somos el país de los Derechos del Hombre, siempre estuvimos a la vanguardia del progreso y la justicia política», señala Weil. «Ahora esa imagen perdió fuerza, y nos vemos obligados a votar por un hombre al que no respetamos sólo para salvar la República.»
Si la derecha gana, Chirac deberá poner manos a la obra en muchos frentes a los que la clase política sólo ha dedicado palabras. «El éxito de Le Pen se debe al silencio de los políticos frente a los problemas de la integración», dice Zaïr Kédadouche, ex jugador de fútbol profesional, presidente de la asociación Integración Francia y autor de un libro nuevo sobre las problemáticas relaciones de Francia con sus cinco millones de habitantes musulmanes. «Más vale que los políticos empiecen a decir la verdad. Llevará mucho tiempo y mucho dinero.»
En definitiva, quizá sea igual de difícil reintegrar al sistema político francés a los 4,8 millones de personas que votaron por el Frente Nacional. Su líder es demasiado intocable y extremo para domesticarse una vez instalado en el gobierno, una estrategia que funciona con altibajos para los derechistas de Austria e Italia. Pero luego del domingo, la élite política francesa tendrá que abandonar sus murallas y quitarse las anteojeras ideológicas. «Si la gente no se da cuenta de que esto es parte de la sociedad francesa de hoy, si seguimos haciendo manifestaciones como si fuera algo que puede extirparse como un cáncer, entonces no tendremos posibilidad de detenerlo», advierte Askolovitch. Francia puede y debe rechazar a Le Pen. Pero tendrá que elaborar y proponer una opción más creíble para 20 por ciento de los electores que, habiendo derribado un tabú, no van a desaparecer tan fácilmente.



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