La alerta de seguridad, el amplio despliegue de efectivos y el mayor énfasis en las tareas de inteligencia y control no lograron impedir ayer un nuevo atentado múltiple en Londres. Por haberse producido justo dos semanas después del trágico 7-J, por haberse concentrado nuevamente en tres estaciones de subte céntricas y en un colectivo, y por la sincronización de las explosiones, todo indica una vinculación entre ambos episodios. La gran diferencia fue, esta vez, el menor poder de los explosivos o una falla de los detonadores. Así, no hubo muertos, y sólo se registró un herido. Si se confirma que el lesionado es uno de los atacantes (aparentemente kamikazes que no lograron inmolarse), las autoridades podrían contar, esta vez, con una valiosa herramienta para desarticular el submundo del terrorismo en la capital británica. Un éxito de ese tipo permitiría a Tony Blair y a las fuerzas antiterroristas superar las crecientes críticas y quitarse de encima la sensación de frustración que se ha apoderado de ellos, dada la evidencia de que el extremismo islamista sigue fuera de su control y en condiciones de atacar pese a todos los recaudos de seguridad.
Los servicios de emergencia llegan a Warren Street, uno de los sitios atacados ayer en Londres. Los nuevos atentados guardan grandes similitudes con los de hace dos semanas.
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Poco después de las explosiones, dos personas fueron arrestadas en la zona gubernamental de Whitehall, a sólo 20 metros de la residencia del premier Parte del sistema del metro, que es utilizado cada día por al menos 10 millones de pasajeros, debió cerrarse, mientras que extensas zonas aledañas a los hechos fueron acordonadas y evacuadas.
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