Si algo demostró la segunda vuelta de las trascendentes elecciones municipales brasileñas de ayer, es que la popularidad de un presidente, por impactante que sea, no es comparable a un cheque que puede ser endosado en favor de sus aliados políticos. Que el electorado cuenta y tiene una voluntad autónoma son verdades dolorosas para el Partido de los Trabajadores (PT), que después de casi seis años de una gestión considerada exitosa por la mayoría de la población, no ha sabido generar un liderazgo capaz de reemplazar al de un Luiz Inácio Lula da Silva imposibilitado constitucionalmente para buscar un tercer mandato.
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Los últimos sondeos ubicaron la popularidad de Lula da Silva en un 80% envidiable para la abrumadora mayoría de sus colegas de la región, con excepción del colombiano Alvaro Uribe. Sin embargo, la realidad golpeó ayer al gobierno brasileño con duras derrotas en San Pablo y Porto Alegre, la primera por constituir el principal botín de la contienda y la segunda por haber sido entre 1989 y 2005 el gran bastión del PT.
La Constitución brasileña de 1988 da a los municipios muy amplias atribuciones, y el hecho de que sus autoridades se renueven en mitad del mandato del presidente y de los gobernadores permite a los electores actuar con independencia y más por motivaciones locales que nacionales. Lo ocurrido ayer no debilita al gobierno de Lula (eso ya es, en todo caso, un subproducto del severo impacto que sufre Brasil debido a la crisis financiera global), pero sí limita claramente las posibilidades de éxito del oficialismo en las presidenciales de 2010.
Además de ser la mayor ciudad de Sudamérica con 11 millones de habitantes y la capital industrial y financiera de Brasil, San Pablo es el tercer presupuesto (léase «caja política») de ese país, y su control es una ventaja clave para una elección presidencial. Pero allí jugó en contra el perfil de la ex alcaldesa Marta Suplicy, recordada por una gestión que benefició a los sectores más humildes, pero que hizo poco por embellecer y ordenar las zonas de clase media y más acomodadas.
Finalmente, Suplicy se hizo con el 40% que, según diversas encuestas, había declarado antes de las municipales que votaría por el candidato que apoyara Lula. Nada menos, pero nada más que eso.
Polémica
Suplicy es, más allá de los saldos de su gestión municipal, un personaje de perfil muchas veces polémico. Aún se recuerda cuando, en plena crisis por el caos en los aeropuertos brasileños, dijo, más fiel a su pasado de sexóloga que al cargo que ocupaba como ministra de Turismo, que ante los retrasos de los vuelos los turistas debían «relajarse y gozar». Aunque se produjo por causas diferentes de aquel caos de horarios, la tragedia de Congonhas (San Pablo) el 17 de julio del año pasado, con su saldo de 200 muertos, terminó de delinear el desatino de aquella declaración.
El gobernador paulista, José Serra, quien fue derrotado por Lula en la presidencial de 2002, salió fortalecido ayer y se perfila como seguro candidato de la oposición para 2010. Es que en la ciudad de San Pablo hizo una apuesta fuerte al respaldar al alcalde Gilberto Kassab, quien pertenece al conservador parido Demócratas y no a su Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que había presentado en la primera vuelta al otro vencido por Lula (en 2006), Geraldo Alckmin. Tanta osadía le rinde frutos: con el primer mandatario fuera de juego, por ahora encabeza todas las encuestas de intención de voto.
El saldo de la primera vuelta, en la que el PT ganó seis capitales de estado y, en general, obtuvo casi 550 alcaldías (33% más que en 2004, aunque sin superar al poderoso PMDB, el verdadero fiel de la balanza política nacional), ya había sido positivo para el oficialismo. También lo fue haberse impuesto ayer en el ballottage de las importantes Belo Horizonte y Rio de Janeiro, por más que en ésta haya debido apelar a un político conservador, Eduardo Paes, que hace tres años había calificado a Lula de «jefe de una pandilla». Sin embargo, el resultado final deja a Lula con pocas opciones para su sucesión. Por un lado, terminó con las especulaciones de una posible candidatura presidencial de Suplicy, por quien el mandatario se jugó a fondo en las últimas semanas. El PT aún puede echar mano al gobernador de Bahia, Jacques Wagner, pero éste resultó también debilitado ayer por la derrota del petista Walter Pinheiro en la capital estadual, Salvador. Queda, como se viene rumoreando hace meses, el nombre de Dilma Rousseff, la ministra jefa de la Casa Civil (jefa de Gabinete), pero ésta no cuenta con un nivel de conocimiento suficiente en la opinión pública y en las encuestas de intención de voto no despega mucho más allá del 10%.
La crisis económica y la dificultad del presidente para endosar su popularidad a sus delfines abren un panorama hasta hace poco inimaginablemente incierto para el oficialismo brasileño en 2010.
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