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24 de abril 2006 - 00:00

¿Quién es Al-Maliki, el nuevo gobernante chiita de Irak?

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Bagdad - Su imagen no puede ser más distinta de la de su predecesor en el cargo, el refinado Ibrahim al-Yafari, incapaz de generar un consenso político pese a sus poéticas metáforas.

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El próximo primer ministro iraquí, Nuri Jawad al-Maliki, es un hombre enérgico y resolutivo, un veterano del exilio chiita que, desde su regreso a Irak, tras la invasión norteamericana y la consecuente caída de la dictadura, ha alzado la voz para denunciar los crímenes contra los miembros de su secta islámica. Pero el sábado, tras hacerse oficial que será el encargado de formar gobierno, insistió en que no sólo gobernará para los chiitas y advirtió de que en su Ejecutivo sólo habrá sitio para tecnócratas «capaces de enfrentarse a lo desafíos. Deben servir al pueblo».

Al-Maliki dispone de mucho tiempo para demostrar si está a la altura de un reto que se revela ingente. El número dos del Partido Dawa, de 56 años, es uno de los más experimentados dirigentes chiitas del país.

Nacido en Hilla (en la provincia de Babilonia) como Nuri Kamel al-Maliki, se doctoró en Lengua Arabe en la Universidad de Bagdad y pronto se integró en las filas de Dawa, la principal formación chiita opuesta a Saddam. Su pertenencia a este partido, prohibido durante el régimen, le valió una condena a muerte: para evitarla, se exilió junto con Al-Yafari en los años 80 primero en Irán y años después en Siria, donde gestionaría la Oficina de la Guerra Santa, responsable de dirigir las acciones armadas contra el régimen iraquí. Fue durante su exilio cuando cambió su nombre por el de Jawad.

Tras la caída de la dictadura, en 2003, Maliki regresó a su país como otros tantos exiliados. Fue nombrado miembro del Consejo Nacional, el organismo consultivo creado por Estados Unidos en 2004. En las primeras elecciones libres celebradas en el país, en enero de 2005, fue elegido diputado de la asamblea transitoria como miembro de Dawa y ejerció como responsable del Comité Parlamentario de Seguridad y Defensa.

Durante este período promovió una ley antiterrorista especialmente represiva que establecía duras penas no sólo para los responsables de actos violentos, sus cómplices y sus financiadores, sino también para aquellos que no informaran a los servicios de seguridad.

Poco después sería nombrado miembro de la Comisión de «Desbaasificación», encargada de purgar a los miembros del Baas ( durante décadas el partido único iraquí) de todos los ámbitos políticos y sociales, una medida que afectó mayoritariamente a sunnitas.

Al-Maliki, casado y con cuatro hijos, también tuvo un importante papel en la redacción de la Constitución aprobada en el referéndum celebrado el 15 octubre, en la que ejerció como negociador chiita y logró, junto con los kurdos, que se reflejara la autorización de semiestados autónomos en el norte y el sur del país destinados a kurdos y chiitas, una política federalista a la que se oponen férreamente los sunnitas.

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