«Misión cumplida: democracia y unidad en Irak», dice el humorista Jack Ohman, en «The Portland Oregonian», mientras manifestantes se unen en pedir «muerte a EE.UU.» y en calificar a ese país como «Satán». Una viñeta semejante publicada en Irak podría costarle la vida a su autor.
Bagdad - Un hombre ataviado con la tradicional «disdasha» degusta un té junto a un amigo cuando, a pocos metros, estalla un vehículo repleto de explosivos, desperdigando cabezas y despojos humanos. «Tranquilo», dice. «No era nuestro coche.»
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La carcajada es inevitable para cualquier iraquí que repare en la viñeta de «Al Sabah», el diario gubernamental que vuelve a publicar los mejores dibujos de Muayad Naama, el decano de los caricaturistas locales, fallecido en noviembre.
Al igual que «Al Sabah», el resto de la larga veintena de rotativos del país árabe dedica grandes espacios al puñado de artistas que siguen interpretando la dramática realidad iraquí con una mirada cargada de ironía.
Pero, como ocurrió durante la dictadura, una nueva censura se impone entre los dibujantes motivada por las mismas razones de antaño: evitar perder la vida. «Sé que dibujar un turbante es convertirme en un objetivo para las milicias chiitas, como dibujar una kefiya ( pañuelo ajedrezado, habitual entre los combatientes sunnitas) me pone en el punto de mira de la resistencia», explica Abdel Jaliq al-Hubar, el viñetista del diario «Al Mutamar». «Estamos en un momento social muy delicado y no pretendo herir sensibilidades por si ello aumentara la violencia», añade.
Poco les duró la libertad a los caricaturistas iraquíes. Tres años después de la caída de Saddam Hussein, son otras amenazas las que tratan de disuadirlos para que abandonen uno de los trabajos más creativos y complicados que se puedan concebir en el Irak de hoy: arrebatar una sonrisa y generar una reflexión a un pueblo inmerso en la guerra.
«Es un trabajo muy agradecido, al que llegué casi por necesidad», continúa Abdel Jaliq. Tras cinco años pintando al óleo, se pasó a las viñetas políticas una vez derrocado el tirano porque «es cierto que el pueblo hace la democracia, pero esta frase no se puede quedar en meras palabras. Tenemos que denunciar lo que está mal para que las cosas cambien».
Humor negro
Lo mismo le ocurría a Naama, quien en su última entrevista con «The New York Times» decía: «Algunos piensan que las tiras cómicas son para reír, pero lo que nos queda en Irak es humor negro. Puedes reír con las tiras, pero resulta doloroso».
Para comprobarlo, sólo hay que echar un vistazo a la prensa. En la viñeta de «Al Sabah», un periodista entrevista a un ciudadano tras las elecciones. «¿Qué espera del nuevo gobierno? Poca cosa: seguridad, electricidad, gas, querosén, empleo, que limpien las ciudades, que desbloqueen las calles, que regresen los colectivos,que subvencionen los alimentos...», responde.
En la tira de «Az Zaman» un joven habla con un iraquí para pedirle la mano de su hija. «Muy bien, pero como dote quiero combustible y dos garrafas de gas.» «¿Cómo? ¿
Volvemos a poner condiciones imposibles como en el pasado?» Son viñetas que, tras la sonrisa, generan una súbita necesidad de asentir.
Abdel Jaliq es uno de los cuatro o cinco caricaturistas que siguen en el país, y el único que accede a hablar siempre que no se lo fotografíe.
El asesinato del viñetista Ahmed Rubeia dejó constancia de ello hace seis meses. Rubeia había sido amenazado, como ya le ocurrió a su colega Al Hubar. «En una ocasión representé en una viñeta a dos equipos tocados con turbantes disputándose un escaño. Recibí una llamada advirtiéndome: 'Ten cuidado con lo que dibujas, no estás en París'.» Tras la comunicación telefónica, el dibujante optó por publicar sólo aquellos trabajos «que no tengan que ver con la religión, la guerra civil o el petróleo, porque no viviría para verlos impresos».
Mucho antes ya había decidido no firmar sus viñetas con su nombre sino con una dirección de correo electrónico imposible de identificar.
Dejá tu comentario