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16 de abril 2008 - 00:00

Sorprendentes candidatos atizan tensión en Paraguay

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Fernando Lugo, Lino Oviedo y Blanca Ovelar, principales aspirantes al poder en Paraguay.
Asunción - ¿Monseñor, presidente? Un obispo de la Iglesia Católica consagrado primer mandatario de una República constituiría un hecho extraordinario para un país como el Paraguay, pero también una auténtica novedad a nivel mundial. Y puede suceder, si el próximo domingo los electores paraguayos confirman en las urnas los pronósticos de los encuestadores que le han dado a Fernando Lugo, ex obispo de San Pedro, una de las regiones más pobres del país, hoy candidato a presidente por un frente heterogéneo de partidos políticos y organizaciones sociales, la Alianza Patriótica para el Cambio, una ventaja de alrededor de 6 puntos en intención de votos sobre la fórmula del oficialista Partido Colorado.

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En la estela del obispo Joaquín Piña y su cruzada en Misiones en defensa de la institucionalidad, surgió esta candidatura «religiosa» en Paraguay, que también se explica por las muchas promesas incumplidas de la democracia y la consecuente crisis del sistema tradicional de partidos.

La candidatura de Lugo, aunque impactante, no es la única originalidad de las elecciones que tendrán lugar el próximo domingo cuando 2,86 millones de paraguayos habilitados para votar, elijan presidente y vicepresidente de la Nación, gobernadores, senadores, diputados y parlamentarios del Mercosur. La mayor singularidad de estos comicios es que por primera vez la hegemonía de más de 60 años del Partido Colorado en el Paraguay está seriamente amenazada. Una alternancia en el poder es posible.

De las siete fórmulas inscriptas, sólo tres tienen chances de ganar. Están encabezadas por el ex obispo, por una mujer, Blanca Ovelar, y por un ex general recientemente liberado de prisión, Lino Oviedo. La de Fernando Lugo no es por lo tanto la única candidatura notable. La dama, que encabeza la lista del partido gobernante (ANR, Alianza Nacional Republicana, Partido Colorado), es la delfín del actual presidente, Nicanor Duarte Frutos, a quien por la Constitución le está vedada la reelección. En su condición de candidata oficial, Ovelar ha encontrado la mayor ventaja y la mayor desventaja. Tiene el respaldo del poderoso aparato del coloradismo, invencible hasta hoy, al punto que según una encuesta del diario «Ultima Hora», más allá de sus preferencias, 41% de los consultados «cree» que ganará el Partido Colorado, a tal punto están los paraguayos habituados a la hegemonía de esa fuerza.

Al mismo tiempo, no es fácil explicar que, como presidente, hará lo que hasta ahora no hizo el gobierno que ella misma integró desde 2002. Por caso, el diario «ABC Color» afirmó en su edición de ayer que el gobierno oculta los últimos resultados sobre rendimiento escolar para proteger a Blanca Ovelar, ministra de Educación hasta julio de 2007. Su consagración al frente de la fórmula presidencial se dio, además, en internas que dejaron muchos heridos y denuncias de irregularidades.

El tercero en discordia, y nunca tan bien aplicado el término, es el ex general Lino Oviedo. Su candidatura fue una sorpresa, considerando que hasta hace poco estaba purgando una condena de 10 años por un intento de golpe de Estado en 1996. En octubre pasado, la Corte Suprema anuló su condena en lo que para la oposición fue el resultado de un pacto con el gobierno para frenar el «fenómeno Lugo». En síntesis, tres candidatos fuera de lo común, puesto que sería tan novedoso que una mujer gobierne el Paraguay como que lo haga un obispo suspendido por el papa Benedicto XVI, pero que sigue siendo sacerdote y por lo tanto está sujeto al derecho canónico, o un ex general que pasó cinco años preso por un intento de golpe.

Lo que está en juego el domingo es la continuidad en el poder de una fuerza que lo viene acaparando desde hace 61 años, tanto en dictadura, en tiempos de Alfredo Stroessner, quien gobernó de 1954 a 1989, como en democracia, ya que en Paraguay la transición no implicó una alternancia político-ideológica en el poder.

Como lo aseveró María Emma Mejía, ex canciller de Colombia y jefa de la misión de 70 observadores que la OEA envió al país para estas elecciones, se vive un clima de interés pero también de tensión, principalmente ante la probabilidad, bastante alta, de que se aproxime el fin de la era colorada.

Por otro lado, y en obvia relación con lo anterior, la desconfianza que ya se instala ante la opinión pública acerca del grado de transparencia que tendrán los comicios también contribuye a volver más denso el clima. La prensa paraguaya reportó que en los padrones figuran personas más que centenarias, incluso nacidas en la época de la guerra de la Triple Alianza.

Lo que agudizó los temores de fraude fue una encuesta encargada por el gobierno que daba como resultado un virtual empate técnico entre Ovelar (30,1%) y Lugo (30,9%), contradiciendo sondeos anteriores. En cambio, la publicada por el diario «Ultima Hora» el domingo pasado ratifica la ventaja del religioso, pero plantea una correlación entre participación y resultados: una baja concurrencia a las urnas (40%) favorecería la continuidad en el poder del actual partido gobernante. La clave por lo tanto será la participación.

Si la diferencia entre la fórmula ganadora y las demás no es contundente, será difícil disipar sospechas perjudiciales para la gobernabilidad. Aún está fresco en el continente el recuerdo de las últimas elecciones generales de México, en julio de 2006, cuando la Justicia proclamó ganador por menos de un punto porcentual al candidato del Partido Acción Nacional, Felipe Calderón, y el derrotado, Andrés Manuel López Obrador, organizó masivas protestas autoproclamándose «presidente legítimo de México».

Para la salud de la democracia paraguaya y de la estabilidad regional, lo ideal sería que haya un claro ganador, por un margen lo suficientemente amplio como para evitar que hasta los más acérrimos competidores puedan cruzarse acusaciones que enturbien el recambio de autoridades. Y ahuyentar así el fantasma de un López Obrador.

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