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6 de abril 2006 - 00:00

Toledo entre el éxito económico y el fracaso político

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Alejandro Toledo
Lima (enviado especial) - La elección general del domingo en Perú está plagada de asombrosas paradojas. Tanto que, mientras la economía experimenta uno de los momentos de auge más fuertes y continuados de la historia, el candidato con mejores posibilidades de llegar al poder hizo campaña con un discurso antisistema, criticando al «neoliberalismo» y prometiendo un giro estatista.

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Como si eso fuera poco, el padre del éxito, el presidente Alejandro Toledo, deja el gobierno con una popularidad que no va más allá de 10% y sin poder imponer un candidato en la contienda, incluso uno sin chances. Será curioso, pero es explicable. Ocurre que el mandatario sumó a su éxito en lo económico un fracaso rotundo en lo político y severas cuentas pendientes en lo social.

En 2000, Toledo supo nuclear en torno a su figura a la mayor parte de la oposición a Fujimori. Su condición de ex lustrabotas y, sobre todo, de mestizo -« cholo», dentro del llamativo degradé racial con el que los peruanos suelen categorizar a la gente- resultó perfecto para sumar a los sectores populares. A la vez, sus credenciales de economista de Harvard y de ex funcionario del Banco Mundial terminaron de convencer a los empresarios de que no era ninguna amenaza.

  • Dos discursos

  • En esa época, en una reunión reservada en Buenos Aires con empresarios argentinos con intereses en Perú, Toledo respondió a las críticas a ciertas actitudes populistas de un modo contundente: «Entiendan que yo tengo que tener un discurso para las masas y otro para ustedes», cuentan que dijo.

    Ya en el poder en 2001, tras el colapso del fujimorismo, el nuevo mandatario se vio confrontado a la imposibilidad de satisfacer las desmesuradas expectativas que su figura -y sus promesas- había generado en unos y otros. Tal como había confesado en ese encuentro con empresarios, su política económica fue ortodoxa, elogiada por los organismos internacionales de crédito y en línea con lo que se ha dado en llamar «modelo chileno».

    El desempeño macroeconómico del gobierno de Toledo ha sido brillante. Veamos:

  • Entre 2001 y 2005, la economía creció más de 20%. El año pasado lo hizo en 6,7% y este año cerrará con un avance de no menos de 7%. Así, en toda su gestión el PBI habrá aumentado en más de un cuarto.

  • La inflación fue en 2005 de 1,3%, y el acumulado en toda su gestión no va más allá de 8%.

  • Las exportaciones, que eran de 9 mil millones de dólares en 2001, cerrarán 2006 en 21 mil millones, casi el triple.

  • Las reservas del Banco Central llegaron a un récord histórico de 15 mil millones de dólares y el riesgo-país es uno de los más bajos de la región, en torno a los 200 puntos básicos.

  • La inversión privada casi se triplicó desde 2003. . Acaba de cerrar un tratado de libre comercio con EE.UU. que sólo aguarda para su firma y envío al Congreso que pasen los calores electorales.

    Sin embargo, el modelo tiene sus puntos débiles y mucha gente sostiene que los beneficios del crecimiento no se derraman hacia abajo. La pobreza cayó, pero no en proporción a lo esperable después de repasar las cifras anteriores: afectaba a 54% de la población en 2001 y hoy alcanza a 48%. «Los niveles de pobreza apenas han bajado, la calidad de los nuevos empleos es baja y lo que hemos alcanzado es estabilidad, más que nada», opinó Elmer Cuba, economista jefe de Macroconsult.

    La clave de esto posiblemente radique en la estructura de la economía peruana que, como casi todas en Sudamérica, sigue estando basada de modo privilegiado en materias primas. Con un agravante: el motor de la economía peruana es la minería, una actividad poco movilizadora de empleo. Así, no sorprende que represente 6% del PBI peruano y 55% del total de exportaciones, pero sólo ocupe a 1% de la población activa.

    De acuerdo con Farid Matuk, jefe del Instituto Nacional de Estadística e Informática, la creación de un puesto de trabajo en el sector minero requiere una inversión 14 veces mayor que en la industria. De este modo, el desempleo, que en el comienzo de la administración Toledo llegaba a 11%, hoy, cinco años después, apenas ha bajado a 10,3%.

    El índice no parece demasiado impactante para nosotros, argentinos, que tras la crisis de 2001-2002 alcanzamos umbrales impensables. Pero se combina con una amplísima informalidad, que reduce la percepción de impuestos y, con ello, la capacidad del Estado de sostener la inversión y tender una red de contención social abarcativa. Un dato elocuente: 90% del presupuesto del gobierno se destina al pago de salarios de la administración pública y a servicios de la deuda. El resto debe alcanzar para salud, educación, vivienda...

    Pero sería un error achacar todo el desprestigio de Toledo a estos indicadores. Su imposibilidad de cumplir todo lo que prometió en campaña no es un dato menor, como tampoco lo son una larga serie de escándalos que han jalonado su paso por el poder.

    Con el correr de los años se fueron acumulando revelaciones: una fiesta de campaña con prostitutas y drogas en un hotel; el reconocimiento de una hija natural después de 14 años e infinitas desmentidas; la renuncia de su vicepresidente Raúl Diez Canseco, bajo cargos de haber usado su puesto para favorecer al padre de una amante; la caída de su jefa del Consejo de Ministros Beatriz Merino, de quien se dijo que había nombrado en un cargo público a una mujer con la que mantenía una relación sentimental; denuncias de nepotismo en varias carteras ministeriales; una condena por violación a uno de sus sobrinos...

    En semejante clima, los cambios de funcionarios fueron constantes, lo que agravó una sensación colectiva de falta de autoridad del mandatario, sobre todo cuando sus decisiones generaban reacciones sectoriales, protestas y huelgas. Un caso muy recordado se dio en su primer año de gobierno, cuando quiso privatizar dos empresas eléctricas. Una ola de fuertes manifestaciones y paros en Arequipa lo llevaron sin más a dar marcha atrás.
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