La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Washington dejó expuesto algo que excede los acuerdos concretos: las dos principales potencias necesitan encontrar una forma de convivir con una rivalidad que seguirá definiendo su relación. La competencia económica, tecnológica y estratégica es demasiado profunda para desaparecer mediante una negociación puntual. El desafío consiste en evitar que termine convirtiéndose en una dinámica de confrontación imposible de controlar.
La imagen de Trump recibiendo a Xi con honores militares, recorriendo los jardines de la Casa Blanca y mostrándole el nuevo helipuerto tuvo una evidente dimensión teatral. Debajo de la pompa, sin embargo, persistían grandes diferencias. La tregua comercial había sido extendida hasta el 10 de enero antes del encuentro, mientras seguían pendientes el comercio, la inteligencia artificial y los mecanismos para evitar que un incidente tecnológico derive en una crisis de seguridad. Es poco frente a la magnitud de la disputa, pero probablemente sea lo que ambos necesitan en este momento.
El contexto tampoco era el mismo para ambos. La guerra con Irán, el impacto de los precios de la energía y las elecciones legislativas de noviembre condicionan a la Casa Blanca, mientras una economía interna debilitada y una demanda doméstica que no termina de acompañar su formidable capacidad industrial presionan a Pekín. Al mismo tiempo, las exportaciones chinas continúan creciendo y el superávit comercial vuelve a niveles extraordinarios.
La tregua comercial entre los países convive con profundas diferencias sobre tecnología, seguridad y poder global.
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La rivalidad entre China y EEUU se traslada a la tecnología y la seguridad
La tensión central está ahí: la estrategia estadounidense busca reducir la dependencia respecto de su rival, pero necesita que Pekín no responda a cada presión con nuevas interrupciones de las cadenas de suministro. Del otro lado, preservar el acceso al mercado estadounidense sigue siendo importante, pero desarmar el modelo industrial que convirtió al país en una potencia manufacturera y tecnológica tampoco es una opción. La interdependencia, lejos de desaparecer, se convirtió en un instrumento de presión para ambos.
Esa competencia se proyecta también sobre la tecnología, y en particular sobre la inteligencia artificial, uno de los ejes centrales de la reunión. El país de Trump busca preservar su ventaja en chips y modelos avanzados, mientras que el de Xi intenta reducir su dependencia y desarrollar capacidades propias. Los controles estadounidenses sobre semiconductores apuntan precisamente a limitar el acceso chino a esa tecnología, una medida que este último considera un obstáculo para alcanzar a su principal competidor.
Resulta significativo que ambos gobiernos hayan hablado de mantener la IA bajo control humano y que sus funcionarios hayan acordado avanzar hacia un mecanismo de comunicación para incidentes relacionados con esta tecnología. No implica una cooperación profunda. Significa algo más acotado, pero estratégicamente relevante: establecer una vía de comunicación que permita gestionar un incidente tecnológico antes de que pueda escalar hacia un conflicto entre ambos Estados.
Sin embargo, Taiwán sigue siendo el punto donde esa lógica encuentra su límite. Xi volvió a pedir prudencia a Washington y reiteró la posición china contra la independencia de la isla, además de cuestionar las ventas de armas estadounidenses a Taipéi. Del lado estadounidense, esas ventas continúan formando parte del respaldo a su capacidad defensiva, aunque Trump ha convertido el armamento en una herramienta de negociación y llegó a mantener en suspenso un paquete valuado en unos 14.000 millones de dólares.
Para Pekín, Taiwán es una cuestión de soberanía e integridad territorial. Para Washington, además de una cuestión estratégica, puede convertirse en una pieza de una negociación más amplia. Y para Taipéi, el problema es que sus intereses puedan quedar subordinados a un acuerdo entre las dos grandes potencias.
Otra capa de complejidad la introduce Irán. La Casa Blanca busca que las autoridades asiáticas utilicen su relación con Teherán para contribuir al final de la guerra. Del lado chino, en cambio, se insiste en la negociación y existe resistencia a utilizar su influencia en los términos exigidos por Estados Unidos. Los intereses energéticos, comerciales y estratégicos propios pesan demasiado como para convertir esa relación en un instrumento de la política estadounidense hacia Medio Oriente.
Esto demuestra que la rivalidad ya no se desarrolla únicamente en Asia-Pacífico. También atraviesa Medio Oriente, las cadenas energéticas, las rutas comerciales, los minerales críticos y el Sur Global. La competencia por influencia se proyecta así sobre múltiples escenarios. Por eso, la fotografía de Trump y Xi sonriendo en la Casa Blanca puede resultar engañosa. No hay una reconciliación detrás de ella, sino una negociación entre dos potencias que han comprendido que la confrontación permanente tiene costos demasiado elevados.
Lo cierto es que China posee instrumentos capaces de afectar directamente a la economía estadounidense y a sus aliados, desde su capacidad industrial hasta su posición en minerales críticos. Mientras que Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas, financieras y militares que el gigante asiático no puede ignorar. Ninguno tiene una posición de dominio absoluto. La relación se parece cada vez más a una competencia entre potencias con capacidades comparables en áreas decisivas que a una simple disputa entre una potencia establecida y otra emergente.
La llamada trampa de Tucídides, mencionada nuevamente por Xi, plantea justamente el riesgo de que el ascenso de una potencia y el temor de la otra conduzcan al conflicto. La cumbre de Washington mostró, al menos por ahora, otra posibilidad: que dos rivales aprendan a competir sin convertir cada diferencia en una crisis.
Los acuerdos alcanzados hasta ahora no modifican las diferencias de fondo. La tregua comercial no resuelve la guerra económica. El diálogo sobre inteligencia artificial no elimina la carrera tecnológica. Taiwán e Irán mantienen abiertas diferencias estratégicas. La cuestión es evitar que esos frentes terminen conectándose en una escalada mayor.
La próxima prueba llegará pronto. En noviembre, APEC pondrá nuevamente la relación bajo presión con Xi como anfitrión. Un mes después, el G20 hará lo propio bajo la presidencia de Trump. Ambos encuentros ofrecerán nuevos escenarios de negociación. Allí se verá si la distensión alcanzada en Washington fue apenas una pausa táctica o el comienzo de una nueva forma de administrar la competencia. Por ahora, el dato más relevante de la cumbre no está en lo que resolvieron sus dos protagonistas. Está en lo que decidieron no romper.