Esa afirmación, así como su llegada a la reunión, provocaron sendas salvas de aplausos entre los diputados de la UMP, algunos de los cuales le habían lanzado previamente «¡no vayas!», poco después de saberse que era Villepin. Al elegir a su fiel, aunque fogoso, Villepin, Chirac busca un fin de mandato, hasta 2007, sin escaramuzas, frente a un determinado Sarkozy que, al enarbolar como bandera su «libertad de acción y de palabra», le habría hecho perder alguna que otra vez el sueño.
Entre su «hijo político», Villepin, y su rival, Sarkozy, que aspira a reemplazarlo en el Elíseo en 2007, Chirac, que «quería estar seguro de no ser humillado» en los próximos 22 meses, optó por el camino menos tortuoso, en contra, incluso, de la opinión de la mayoría de los franceses, de los diputados de la UMP y de su adorado
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