Un país asfixiado por un Estado que reparte pobreza
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Pese a la crisis política, los cubanos acudieron ayer normalmente a los espectáculos.
La imagen revela la realidad de un país anclado en el tiempo.
Pero todas las leyes son violadas cuando la necesidad acucia. Las camareras de los hoteles se roban el papel higiénico para revenderlo, los que custodian la leche en los hospitales venden por su cuenta unos cuantos litros para poder llegar a fin de mes, los albañiles venden una bolsa de cemento del Estado para que alguien arregle la fachada de su casa, los inspectores venden vista gorda para las casas de huéspedes que alquilan cinco habitaciones cuando sólo tienen licencia para alquilar dos, y la policía vende por 10 euros la liberación de uno de esos jóvenes que se buscan la vida en La Habana sin el permiso del Poder Popular de Holguín o de Santiago. En fin, como en todos los sitios.
No parece haber contradicción alguna en ser un fiel revolucionario y comprar leche a quien la roba de un hospital para dar de desayunar a un turista que se tiene alojado en la casa. La necesidad es la necesidad. Pero la necesidad se resume para unos en un frasco de champú y para otros en unas zapatillas Nike o en un nuevo teléfono móvil. Porque ya no son todos iguales, como al principio de la utopía, por más que «El» se empeñe en cortar de raíz cualquier iniciativa privada que conduzca a un enriquecimiento desmedido.
Desde que el turismo empezó a ser masivo, en la isla hay una nueva generación de ricos. Un ingeniero ya no es nadie. Gana en un mes exactamente lo mismo que se saca un taxista clandestino en un viaje turístico de un día de La Habana a Pinar del Río. Así que muchos ingenieros se han convertido de repente en profesionales del turismo, aunque sea para llevar maletas, que siempre caen propinas.
Es verdad que el sueldo medio (unos 20 euros al mes) da para pocas fiestas, pero sí llega para cubrir necesidades básicas. En las tiendas estatales, además de los productos mensuales de la cartilla de racionamiento (un par de kilos de arroz, uno de frijoles, un kilo de pollo, unos cuantos huevos, un par de kilos de azúcar o una pastilla de jabón a precios irrisorios), los precios del resto de los productos van acordes con los salarios. Si además se tiene en cuenta que todos los niños, adolescentes y universitarios reciben la comida gratis en sus centros de estudio y que los trabajadores reciben el almuerzo prácticamente gratis en sus centros de trabajo, hambre, lo que se dice hambre, no hay quien pase.
En Cuba hay pobreza, pero no hay miseria, como en la mayoría de los países de su entorno. La educación es gratuita y de calidad en todas sus etapas, la medicina cubre todas las necesidades de la población (incluso la cirugía estética no cuesta nada), la vivienda, aunque precaria en muchos casos, está garantizada para todo el mundo. Todos los hogares disponen de los electrodomésticos básicos (aunque tengan 50 años), vendidos por el Estado a plazos y precios irrisorios: televisores, heladeras, cocinas, ventiladores... Son cada vez más los hogares que disponen de video y en casi ninguno falta un equipo de música.
Lo peor son los coches. O tienes el que ya tenías antes de la revolución o es imposible conseguir uno nuevo para uso privado, aunque hayas ahorrado dinero para pagarlo. De todos modos, quién sabe cómo, hay quien consigue un Lada de 20 años al módico precio de 10.000 euros.
En cuanto al ocio, cualquiera conoce la calidad del deporte cubano. La asistencia al cine, al teatro o al ballet cuesta unos céntimos, igual que los libros. Eso sí, se editan pocos y muchas películas ni llegan, aunque se pueden conseguir en video bajo cuerda. De vez en cuando la vena generosa del Comandante decide que hay que actualizarse en el campo de la informática y llena las escuelas de computadoras. O decide que hay que culturizarse y monta clases diarias de distintas materias por televisión.
Pero eso sí: por más que tengan, nada, en última instancia, es de nadie. Si un cubano inicia los trámites para irse de la isla, un inspector le hace el inventario de lo que tiene en su casa y el cubano toma el avión sólo con la maleta cargada de ropa. La casa y resto de los cachivaches (en otros tiempos eran joyas, cuberterías de plata y muebles de caoba) se queda en Cuba para repartir entre los que lo necesiten, como cuando se marchó la alta burguesía.
Pero son muchos los que, a pesar de perderlo todo, eligen abandonar el país. No aguantan la presión de la propaganda y la censura, la falta de democracia, las trabas a la iniciativa privada, la represión política, la incertidumbre por asuntos tan cotidianos como el modo de llegar al trabajo por la mañana, o las vueltas que hay que dar para conseguir un simple enchufe para la luz o un vestido para celebrar los 15 de la niña. También es verdad que si deciden marcharse nadie les pone pegas. Los problemas y las restricciones suelen estar en las embajadas y los consulados de los países de destino. Y si eres médico, claro está. No te va a salir la carrera gratis total para que luego te vayas a Europa a hacer fortuna. Los médicos, a no ser en labores estatales y humanitarias, no pueden salir de la isla durante los cinco años siguientes a su licenciatura.
A pesar de todo, el problema y la solución siguen residiendo en «El», que se obceca en no dejar espacio para la iniciativa privada, la democracia y la competitividad profesional, y genera con ello un ambiente de trabajo perezoso e improductivo y un desinterés por el futuro. Y acaba por ser verdad el dicho de que «nosotros hacemos como que trabajamos y 'El' hace como que nos paga». Es más grave, según muchos, el bloqueo interno que el impuesto por EE.UU.




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