A través de una aparente paradoja, Evo Morales liquidó de un golpe la política antidrogas de Bolivia de los últimos años, arriesgando con ello un peligroso distanciamiento de Estados Unidos. Nombró como jefe del área al cocalero Felipe Cáceres, lo que confirma que se terminaron en aquel país las restricciones al cultivo que da origen a la cocaína. «Narcotráfico cero pero no coca cero», suele repetir el nuevo mandatario, sin lograr ocultar los dobleces de su pensamiento y fiel a su origen como líder sindical de ese cultivo en la región de El Chapare. Argumenta que la coca es necesaria para el sustento de los campesinos y que el tráfico de drogas es ajeno a la cultura indígena. Sin embargo, si ese cultivo resulta mucho más rentable que otros, no sujetos a cuestionamientos, no es por sus usos tradicionales sino gracias a la demanda de los barones de la cocaína. En un hecho preocupante, Morales dijo que el presidente Néstor Kirchner se comprometió a estudiar el levantamiento de las restricciones a la importación desde Bolivia de hojas de coca. Algo que, de confirmarse, sería sumamente inoportuno para el país y una nueva demostración de que el gobierno opta por tender puentes a la izquierda más retrógrada del continente.
Fuentes de la fuerza antidrogas, cuyo cuartel general está en la localidad tropical de Chimoré, corazón de la región cocalera del Chapare, dijeron el sábado que la designación de Cáceres, adelantada por medios nacionales, les fue comunicada por el comando nacional de la policía.
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