Conseguir que una investigación científica se transforme en una empresa ya representa un desafío. Hacerlo desde Tucumán, desarrollar una tecnología con aplicación global y despertar el interés de inversores internacionales es un paso aún más difícil. Ese es el recorrido de Puna Bio, la startup de biotecnología creada en 2020 a partir de más de 25 años de investigación de científicas del CONICET sobre microorganismos extremófilos, organismos capaces de sobrevivir en algunos de los ambientes más hostiles del planeta.
En diálogo con Ámbito, Franco Martínez Levis, cofundador y CEO de la compañía, y Elisa Violeta Bertini, cofundadora y directora científica (CSO), cuentan cómo lograron convertir un desarrollo académico en una empresa de base tecnológica con presencia internacional y cuáles fueron los principales desafíos para transformar ciencia de frontera en un negocio.
La empresa desarrolla bioinsumos para el agro a partir de microorganismos aislados de la Puna argentina. El objetivo es aprovechar los mecanismos biológicos que les permitieron adaptarse durante millones de años a condiciones extremas, como sequía, alta radiación o suelos con escasos nutrientes, para mejorar la productividad y la resiliencia de los cultivos frente a un escenario de creciente variabilidad climática.
La historia, sin embargo, comenzó mucho antes de la creación formal de la empresa. Durante más de dos décadas, un grupo de investigadoras recorrió distintos salares de la Puna estudiando microorganismos asociados a plantas que crecían naturalmente en ambientes donde, en teoría, era muy difícil que prosperara cualquier forma de vida.
Bertini recuerda que ese trabajo despertó una pregunta que terminó cambiando el rumbo de la investigación. "Si estos microorganismos son capaces de sostener el crecimiento de plantas en la Puna, ¿podrían también mejorar el rendimiento y la resiliencia de los cultivos que producen nuestros alimentos?", plantea.
La respuesta comenzó a aparecer con los primeros ensayos a campo. "Entendimos que el conocimiento científico que habíamos generado tenía el potencial de resolver uno de los desafíos de la agricultura: producir más alimentos, con menos impacto ambiental y con mayor resiliencia frente al cambio climático. Cuando los resultados comenzaron a repetirse de manera consistente reafirmamos que el mayor impacto no iba a lograrse publicando más papers, sino llevando esa tecnología a los productores", explica la investigadora.
El desafío de convertir ciencia en empresa
El salto desde el laboratorio hacia el mercado no fue automático. Además del conocimiento científico, el proyecto necesitó incorporar capacidades vinculadas al desarrollo de productos, procesos regulatorios, escalamiento industrial, propiedad intelectual y estrategia comercial.
Martínez Levis asegura que ese fue uno de los principales aprendizajes del camino emprendedor. "Uno de los mayores desafíos fue entender que hacer buena ciencia no alcanzaba para construir una empresa. Veníamos del mundo de la investigación, donde el objetivo es generar conocimiento, y tuvimos que aprender a transformar ese conocimiento en productos que realmente llegaran al productor", señala.
La creación de la empresa comenzó a tomar forma dentro de GRIDX, la company builder especializada en biotecnología que reúne científicos y emprendedores para convertir desarrollos científicos en compañías de base tecnológica. Fue allí donde las fundadoras conocieron a Martínez Levis, quien aportó la visión empresarial que complementó el trabajo científico.
Según explica Bertini, el desafío fue aprender a convivir entre dos mundos con lógicas diferentes. "La ciencia busca responder todas las preguntas y generar evidencia antes de avanzar. El mundo emprendedor trabaja identificando el potencial de una tecnología y asumiendo riesgos. Con el tiempo aprendimos que no se trata de elegir entre una lógica u otra, sino de encontrar un equilibrio", sostiene.
Hoy esa combinación se refleja en un equipo integrado por más de 50 personas, entre científicos, especialistas en investigación y desarrollo, profesionales regulatorios, comerciales y de operaciones.
Una tecnología nacida en Tucumán con proyección global
Desde su creación, Puna Bio fue ampliando su plataforma tecnológica. Actualmente posee una colección propia de más de 2.500 cepas de microorganismos extremófilos y desarrolla productos biológicos destinados a distintos cultivos.
Entre ellos se encuentran Kunza, un bioestimulante para soja, algodón y poroto que ya fue utilizado en más de 300.000 hectáreas, y Kanzama, un tratamiento biológico para semillas de trigo y cebada que mejora la fijación biológica de nitrógeno y favorece la implantación de los cultivos incluso bajo condiciones de estrés hídrico.
Para validar sus desarrollos, la empresa construyó una red nacional de ensayos junto a especialistas independientes e instituciones como el INTA, que ya supera las 600 evaluaciones en distintas regiones productivas del país.
Ese recorrido también fue clave para atraer inversores internacionales.
"Nuestra propuesta es diferente. Aprovechamos microorganismos extremófilos que evolucionaron durante millones de años para desarrollar productos biológicos capaces de mejorar el rendimiento y la resiliencia de los cultivos", afirma Martínez Levis.
El CEO agrega que los inversores también valoraron la capacidad de convertir esa ciencia en un negocio. "Mostramos capacidad de ejecución, con productos comerciales, validaciones a campo, propiedad intelectual y una estrategia clara de expansión internacional. Esa combinación entre ciencia y capacidad de ejecución fue clave para generar confianza", sostiene.
La compañía ya tiene presencia comercial en Argentina, Paraguay, Brasil y Estados Unidos, mientras trabaja en la adaptación de sus tecnologías para nuevos mercados.
Uno de los hitos más importantes llegó con el ingreso de la Fundación Gates como inversor dentro de la Serie A de la empresa. "Más que una inversión financiera, significó la validación de que una tecnología desarrollada en Tucumán puede generar impacto en la agricultura a escala global", destaca Martínez Levis. En ese marco, la empresa ya comenzó las primeras pruebas de sus desarrollos en cuatro países africanos, con foco en pequeños productores y seguridad alimentaria.
Más allá del crecimiento de la empresa, sus fundadores creen que Argentina reúne las condiciones para multiplicar este tipo de emprendimientos.
Para los fundadores, Argentina reúne condiciones para convertirse en un polo de desarrollo biotecnológico, gracias a la calidad de su sistema científico. "Argentina tiene una gran oportunidad desde la base científica de primer nivel, encabezada por el CONICET, el INTA y las universidades nacionales", sostienen. Sin embargo, consideran que para que surjan más empresas de base tecnológica hacen falta más fondos especializados de capital de riesgo, facilitar la transferencia tecnológica entre instituciones científicas y el sector privado y flexibilizar los esquemas para que más investigadores puedan crear empresas.
Convencidos de que el ecosistema todavía tiene un amplio margen para crecer, creen que el país puede multiplicar este tipo de desarrollos. "Hay potencial de al menos 100 Puna Bio en el país", señalan.