Para bien o para mal, la fortuna de muchos países pobres depende de sus recursos naturales. Como sus industrias son menos sofisticadas y sus sectores de servicios más pequeños que los de las economías ricas, las riquezas que esconden bajo tierra pueden marcar una gran diferencia en sus perspectivas económicas. El aumento de la demanda mundial de petróleo o minerales puede impulsar el crecimiento, atraer inversiones y cubrir déficits fiscales. Muchos ministros de Economía del mundo en desarrollo recuerdan con nostalgia el último "superciclo" de las materias primas, cuando la demanda insaciable de una China en ascenso elevó los precios de los metales y los combustibles fósiles. Las ventas de petróleo contribuyeron a que el PBI de Angola casi se duplicara entre 2002 y 2008.
Ahora, el mundo podría estar entrando en otro superciclo, impulsado por la carrera entre Estados Unidos y China para asegurarse el suministro de minerales fundamentales para la inteligencia artificial, la electrificación y otras tecnologías que se espera que definan el siglo XXI. La diplomacia minera de China, que desde 2000 le permitió cerrar acuerdos con al menos 19 países, sigue plenamente vigente. La administración de Donald Trump ya firmó acuerdos vinculados con minerales con más de 20 países. Hoy, las dos potencias compiten por atraer a un grupo mucho más reducido de países capaces de extraer minerales del suelo con rapidez.
El 16 de octubre, el Banco Mundial anunció que quintuplicaría, hasta alcanzar los u$s20.000 millones, un fondo destinado a ayudar a los países a aprovechar parte de la creciente demanda. Sin embargo, para tener éxito, sus gobiernos no pueden depender únicamente de sus recursos subterráneos ni de sus vínculos estrechos con Estados Unidos y China. También deben demostrar que tienen capacidad para abastecer el mercado con rapidez.
La urgencia es evidente. En mayo de 2025, Trump se vio obligado a moderar los aranceles que había impuesto a los productos chinos después de que Pekín respondiera con restricciones a las exportaciones de siete minerales de tierras raras utilizados para fabricar semiconductores y armas. Estados Unidos quiere romper el control que ejerce China sobre esos suministros. Para eso, acumuló reservas de minerales, ofreció precios garantizados a los productores y destinó miles de millones de dólares a proyectos mineros, al tiempo que presionó a los inversores privados para que hicieran lo mismo. Un inversor texano afirma que funcionarios de la administración se acercaron a él en ocho ocasiones distintas.
La insistencia dio resultado. Según funcionarios, en 2025 el Gobierno estadounidense y las empresas de ese país destinaron u$s15.400 millones a minas en el extranjero, frente a una cifra prácticamente nula en 2024. Se espera que la inversión aumente este año. Al menos una décima parte provino de EXIM, un banco estatal, y de la Corporación Financiera de Desarrollo (DFC), una entidad que antes otorgaba préstamos a clínicas y activistas climáticos, pero que Trump reorientó y dotó de u$s205.000 millones para operar. En respuesta, los gigantes mineros estatales chinos desembolsaron en el exterior bastante más de u$s30.000 millones, muy por encima de lo invertido en 2024. Las inversiones combinadas de las dos superpotencias no alcanzaban este nivel desde que el último superciclo comenzó a agotarse, hace una década.
Hasta ahora, el principal beneficiario fue la República Democrática del Congo (RDC). La mayoría de los inversores occidentales abandonó ese vasto país de África central, sin salida al mar y atravesado por conflictos, cuando se desplomaron los precios del estaño, los diamantes y otros de sus abundantes recursos. Eso permitió que las empresas chinas compraran activos en dificultades a precios muy bajos. China prometió u$s1.000 millones para ampliar una mina de cobre y propone construir otra mucho más grande, que podría producir hasta 500.000 toneladas anuales y convertirse en uno de los mayores proyectos cupríferos del mundo.
Ahora, Estados Unidos también regresó. Un fondo financiado por el Gobierno está negociando la compra del 40% de una de las últimas minas operativas que siguen en manos occidentales: un yacimiento de cobre administrado por Glencore, una compañía con sede en Suiza. Las empresas privadas también se sumaron. KoBold Metals, una startup californiana, explora depósitos de litio en la región de Manono, en la RDC. Virtus, una coalición poco habitual de exagentes de inteligencia y militares, compró un emprendimiento de cobalto y cobre con sede en Dubái.
La RDC es tan pobre que el dinero ya está transformando su economía. En 2025, la inversión minera extranjera equivalió a alrededor del 8% de su PBI. Fue más del doble del total de la inversión extranjera directa (IED) del año anterior. La DFC manifestó interés en aportar hasta u$s1.000 millones para construir el ferrocarril Dilolo-Sakania, que se conectará con una línea ferroviaria hacia Angola y será el mayor proyecto de infraestructura de la RDC en una década. La Iniciativa para la Transparencia de las Industrias Extractivas, una organización sin fines de lucro con sede en Noruega, estima que la minería generará u$s8.000 millones en ingresos para el Estado entre 2026 y 2030. Si otras minas mantienen niveles de producción similares, el sector aportará u$s20.000 millones a las arcas públicas, una cifra aproximadamente equivalente a un año de gasto estatal.
Otros dos grandes ganadores son Brasil y Kazajistán. Ninguno de los dos es tan pobre como para enriquecerse de manera inmediata, como ocurrió con la RDC. Sin embargo, ambos se están beneficiando considerablemente del interés de Estados Unidos y China.
La estrategia estadounidense fue más focalizada. En Brasil, se propuso construir un imperio de tierras raras. En septiembre, USA Rare Earth, una empresa que cotiza en bolsa y en la que el Gobierno tiene participación, adquirió Serra Verde, el único productor fuera de Asia de cuatro de los minerales de tierras raras más escasos. La compañía ya gastó u$s2.800 millones en la compra de la mina. Un paquete adicional, impulsado por el Departamento de Guerra y un préstamo de la DFC, elevará la inversión estadounidense a casi u$s5.000 millones.
En Kazajistán, Estados Unidos apunta al tungsteno, un mineral fundamental para la fabricación de armamento de alta tecnología. En noviembre de 2025, Kaz Resources, una empresa respaldada por la administración y por inversores entre los que figuran Eric Trump y Donald Trump Jr., dos de los hijos del presidente, se comprometió a aportar u$s1.000 millones para desarrollar los depósitos de Kairakty, explorados por primera vez en 1958, y Northern Katpar. El acuerdo equivale a casi una vigésima parte del ingreso anual de inversión extranjera directa de Kazajistán. La DFC y EXIM podrían aportar otros u$s1.600 millones.
Las apuestas de China en ambos países fueron más amplias. El año pasado, las empresas chinas invirtieron alrededor de u$s6.000 millones en Brasil, más que en cualquier otro país. Un tercio de ese monto se destinó a minas que producen minerales como níquel, cobre y oro. En Kazajistán, China también busca tungsteno, al igual que Estados Unidos: según dos funcionarios estadounidenses que participaron en las negociaciones, Kaz Resources tuvo que pagar por encima del precio de mercado para impedir que una empresa china consiguiera una licencia. Pero el año pasado China y Kazajistán también acordaron proyectos por más de u$s10.000 millones, que incluyen emprendimientos de cobre y oro, además de una mina de tungsteno.
El año pasado, funcionarios de Trump hablaron de sumar países al bloque estadounidense y, al mismo tiempo, presionarlos para que rechazaran las propuestas de China. Según afirmaron, la mayoría tendría que elegir un bando. Sin embargo, la experiencia de la RDC, Brasil y Kazajistán muestra que, hasta ahora, las cosas no se desarrollaron de esa manera.
Los buscadores de minerales estadounidenses y chinos se concentran en el mismo puñado de países porque solo algunos cuentan con una gran cantidad de minas antiguas, abandonadas o con proyectos inconclusos que pueden terminarse o reactivarse de manera rápida y económica. China siempre valoró la velocidad, a diferencia de las empresas mineras privadas occidentales, que suelen preferir el proceso más lento de encontrar nuevos yacimientos prometedores y optimizar cuidadosamente los rendimientos a lo largo de su vida útil. Ahora, Estados Unidos también está perdiendo la paciencia y empieza a comportarse más como China.
Sacudida y minerales
El año pasado, apenas cinco países —la RDC, Brasil y Kazajistán, junto con Zambia y Canadá— concentraron casi el 80% de las inversiones mineras combinadas de las dos superpotencias en el exterior. Con excepción de Canadá, hacia el que Trump parece sentir un desprecio especial, la rivalidad entre China y Estados Unidos está dando frutos para este reducido grupo de países. Durante una visita a Pekín en marzo, funcionarios de la RDC consiguieron compromisos de China para compartir más datos e invertir más en el procesamiento local. China también aceptó compartir la propiedad de su proyecto cuprífero congoleño con la empresa estatal local dedicada a la minería de diamantes. Según los dos funcionarios estadounidenses, el Gobierno kazajo consiguió una participación mayor en la empresa conjunta de Kairakty que la que Estados Unidos había ofrecido inicialmente.
A corto plazo, esta estrategia de avanzar rápidamente y quedarse con los activos disponibles también puede beneficiar a las dos potencias. China comenzó a producir litio en la RDC a principios de este año. La ampliación de la mina Serra Verde, en Brasil, financiada por Estados Unidos, debería estar operativa dentro de un año. Se espera que el proyecto kazajo comience a producir antes de 2030.
Sin embargo, la estrategia tiene límites. Depende de que otros actores exploren y desarrollen los yacimientos existentes, justo cuando las empresas dedicadas a esas tareas se vuelven más cautelosas. Los presupuestos destinados a exploración minera nunca se recuperaron del final del último superciclo. Pese a las previsiones de un fuerte aumento de la demanda de cobre, que podría superar la oferta en un 8% dentro de diez años, Chile, el mayor productor mundial de ese metal, redujo su producción, en gran medida debido a la falta de inversión en activos que se deterioran.
En teoría, los precios más altos deberían atraer inversiones hacia nuevos proyectos. Al menos 30 países cuentan, por ejemplo, con yacimientos de cobre económicamente viables. Pero identificarlos y desarrollarlos puede llevar una década o más. Mientras tanto, las intervenciones de los gobiernos de Estados Unidos y China generan confusión en las señales de precios que las empresas mineras utilizan para decidir si vale la pena explotar un depósito aún sin desarrollar. El resultado es una mayor parálisis de las inversiones, aunque para los pocos países afortunados que ya cuentan con yacimientos listos para explotar, llegó el momento de cobrar.
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