Se extraña la normalidad, y mucho. Se extraña volver a ver a nuestra familia, a estar con amigos, salir y divertirse en la ciudad. Es que Buenos Aires, además de ser sus rincones históricos y su riqueza arquitectónica, es también dinamismo y energía. La vida que tiene la Ciudad es sin lugar a duda un atractivo nacional e internacional, con miles de espacios distintos e historias increíbles que son parte de la vida de cada uno de quienes la conocen.
Por eso es que todos debemos mantener un compromiso por hacer de este lugar un espacio que se pueda disfrutar con máxima seguridad. En esta línea, llama poderosamente la atención una deuda pendiente que tenemos respecto de la seguridad. La falta de una solución clara a un problema en particular que se cobra la vida de entre 1.300 y 1.400 personas por año en la Ciudad y consiste en la principal causa de muerte de los jóvenes de entre 15 y 24 años: tomar alcohol y manejar.
En esto quienes tomamos las decisiones de política pública en la Ciudad tenemos un rol fundamental. Hay quienes consideran que conducir con menos de 0,5g/l de alcohol en sangre no genera ningún perjuicio a la hora de estar al volante. Lo cierto es que hay organizaciones, tanto internacionales como nacionales, que se han manifestado al respecto, y ninguna tiene una respuesta clara. Por ejemplo, la ONU ha elogiado en muchas ocasiones estrategias de reducción de siniestros viales que contenían medidas de cero tolerancia al alcohol a la hora de conducir. Incluso la propia OMS en la segunda página de un informe de 2017 indica que el consumo de alcohol de entre 0,0g/l y 0,5g/l provoca aumento del ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria, disminución de la actividad de diversas funciones cerebrales centrales, comportamiento incoherente al ejecutar tareas, disminución del discernimiento y perdida de inhibiciones, y sensación moderada de exaltación, relajación y placer.
Cuando vamos a los números oficiales, nos encontramos con que, en la Ciudad, el 21% de los accidentes automovilísticos se relacionan con el consumo de alcohol. Es un problema latente y constante, que requiere una respuesta urgente. La falta de criterio del Gobierno de la Ciudad sobre este tema es alarmante. Dando respuestas irracionales y evasivas, el Secretario de Transporte, Juan José Méndez, hace la vista gorda cuando se habla de estadística. Se refuta una medida basada en evidencia empírica, argumentando que bajar el límite de tolerancia a 0,0g/l implicaría una menor capacidad de control por parte de los agentes de tránsito. Como si los test de alcoholemia dependieran de alguna forma del límite definido, cuando los agentes deben testear de forma aleatoria y constante sin saber el estado de quienes van por la vía pública.
Habiendo observado todos estos números, desde mi banca en la Legislatura porteña no puedo evitar quedarme con los brazos cruzados. Por eso tomamos la decisión de presentar un proyecto de ley para llevar el límite permitido de alcohol en sangre a 0,0g/l, para evitar la mayor cantidad de tragedias posible. La respuesta del Gobierno a esta iniciativa? Nula.
Si observamos los distintos lugares en donde se aplicó esta medida, vemos enormes reducciones de siniestros viales. Sin ir más lejos, en nuestro país la alcoholemia cero ya rige en siete provincias: Córdoba, Salta, Tucumán, Entre Ríos, Jujuy, Río Negro y Santa Cruz; y las ciudades de Mar del Plata, Ushuaia, Río Grande, Neuquén, Posadas y Rosario.
En estos casos la cantidad de siniestros automovilísticos se redujeron en hasta un 35%, según la Asociación Nacional de Seguridad Vial. Los números no engañan.
La necesidad de una medida clara es más que evidente. ¿Tenemos forma de medir nuestro porcentaje de alcohol en sangre en el acto? ¿Cuándo tomamos, reconocemos la disminución de nuestros reflejos o estado de atención? Dejemos por un segundo de lado la discusión acerca de si es riesgoso o no conducir con menos de 0,5 gramos de alcohol en sangre. Dejar el límite actual abre una ventana de especulación en la que puede errar cualquiera, al pensar que una copa, que un vaso más no cambia en nada. Lo cierto es que en la Ciudad se detecta un positivo de alcoholemia cada dos horas. Cada copa cuenta, cada vaso cuenta, cada vida que se pierde por especular cuenta.
Existe el problema, existe evidencia, existe solución. ¿Cuál es el motivo para estar en contra de una regla clara que evitaría la muerte de miles de porteños por año? Aunque el Gobierno de la Ciudad insista de forma histérica y no prospere el proyecto que presentamos hace más de un mes para llevar el límite a 0,0g/l en la Ciudad, espero que nuestro esfuerzo sirva al menos para que vos, yo y todos entendamos: SI TOMASTE, NO MANEJES. SI MANEJÁS, NO TOMES.
(*) Legislador porteño - bloque Consenso Federal
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