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Las otras cinco llegaron al poder de distintas maneras y en dos grupos bien diferentes. El primero de ellos es el de las mujeres que «aprovechan» o «reflejan» la imagen de sus padres o maridos famosos. Las que, según una conocida frase vernácula, «portan apellido». El segundo es el de aquellas que, en cambio, «brillan con luz propia», porque sus respectivos padres o cónyuges simplemente no actúan en el particular mundo de la política.
La segunda presidenta fue la boliviana Lydia Gueiler, quien fue interinamente designada por su Parlamento, en 1979. También ella fue derrocada por los militares. En este caso, por Luis García Meza.
Después vino el caso de la valiente Violeta Chamorro, en Nicaragua, que, desafiando al comunismo, liberó a su país del azote «sandinista». La popular Violeta -viuda de un notorio periodista y actor, Pedro Chamorro- ejerció el poder desde 1990 hasta 1997. Jaqueada por los «quistes» «sandinistas» -que permanecieron en la Corte Suprema y en las propias fuerzas armadas de su país-, su gestión fue una bastante poco ordenada «transición» que, sin embargo, no pudo encarrilar a Nicaragua por el sendero de la democracia y la honestidad.
Tras ella apareció Mireya Moscoso, en Panamá, en 1999, que heredó el poder de su esposo, que había sido por tres veces presidente de su país. Como Violeta Chamorro, Mireya llegó al poder a través de las urnas, en elecciones consideradas transparentes. Pero la «sombra» de su popular y respetado esposo la ayudó notoriamente.
El último caso -bastante menos conocido- fue el de Rosalía Arteaga, una ecuatoriana que sólo estuvo en el poder cinco cortos días, en 1997, luego de que la gente -en las calles de Quito- se quitara de encima al tan inusual, como incompetente guayaquileño Abdalá Bucarán, quien hoy está exiliado, mientras es procesado por distintos peculados, en su propio país. La Arteaga debió entregar rápidamente el poder, luego de una serie de intrigas palaciegas y maniobras políticas que forzaron su reemplazo por Fabián Alarcón. Pasó entonces fugazmente por el sillón presidencial, sin pena ni gloria. Por esto, su presencia resuena tan sólo en función de las estadísticas.
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